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Luz Portilla
Luz Portilla
Lic. en Ciencias de la Comunicación Social
Mayo 24, 2016

Antoni van Leeuwenhoek, el Padre de la Microbiología
Publicado: Mayo 24, 2016

Antoni van Leeuwenhoek fue un científico poco común. No tenía fortuna, debía trabajar para subsistir, no asistió a la universidad y no sabía ningún idioma, excepto su natal holandés. Esto habría sido suficiente para excluirlo de la comunidad científica de su época.

Pero con habilidad, diligencia, una curiosidad sin límite y una mente abierta, libre de los dogmas científicos de entonces, hizo algunos de los descubrimientos más importantes en la historia de la biología.

Descubrió las bacterias, los parásitos microscópicos, las células sanguíneas y los espermatozoides. Abrió un nuevo mundo de vida microscópica para los científicos de su tiempo.

Antoni Phillips van Leeuwenhoek nació el 24 de octubre de 1632 en Delft, Holanda. Su familia pertenecía a la clase trabajadora; su padre confeccionaba canastas y su madre era hija de un cervecero.

Cuando tenía seis años, murió su padre. Su madre volvió a casarse, pero enviudó de nuevo 10 años más tarde. El pequeño fue enviado a la escuela de Warmond y luego a la pequeña aldea Benthuizen, con un tío que le enseñó los principios de matemáticas y física.

A los 16 años, su mamá lo mandó a Ámsterdam, donde fue contratado como aprendiz por el escocés William Davidson, comerciante de telas. Antoni comenzó como lavador de paños y pronto aprendió el oficio.

Aunque nunca terminó sus estudios, su enorme curiosidad lo llevó a ser autodidacta, leyendo libros y artículos de astronomía, ciencias naturales, matemáticas y química.

A los 22 años regresó a Delft, donde vivió el resto de su vida. Puso una tienda de telas, pero también trabajó como topógrafo, vinatero y empleado público de la ciudad. Se casó con Barbara de Mey, hija de un mercader de seda inglés, con quien tuvo cinco hijas.

A los 33 años enviudó y cinco años después contrajo matrimonio por segunda ocasión con Cornelia Swalmius, hija de un rico comerciante, con quien tuvo un hijo.

Aunque se ha llamado a Leeuwenhoek “el inventor del microscopio”, no lo es. Los microscopios compuestos, con más de un lente, habían sido inventados alrededor de 1595, casi 40 años antes de su nacimiento.

Sus contemporáneos, como Robert Hooke en Inglaterra y Jan Swammerdam en Holanda, estaban realizando importantes descubrimientos con ellos.

Aunque eran parecidos a los microscopios actuales, existían dificultades para construirlos y no eran prácticos para magnificar objetos más de 20 ó 30 veces su tamaño.

En el negocio textil se utilizaban lentes de aumento para contar los hilos e inspeccionar la calidad de las telas. Leeuwenhoek observó las texturas de la lana, el algodón y otros tejidos.

Su interés lo llevó a visitar tiendas de óptica y aprender técnicas de soplado, tallado y pulido de vidrio, desarrollando nuevos métodos para fabricar lentes de gran curvatura, los mejores de su tiempo.

Se interesó por la microscopía al ver una copia del libro ilustrado “Micrographia” de Hooke, que describía sus observaciones con el microscopio.

Leeuwenhoek decidió usar sus propias lentes para investigar el mundo natural, aparte de las telas. Construyó más de 500 instrumentos; menos de 10 han sobrevivido hasta nuestros días. Eran simples lentes de aumento, no microscopios compuestos.

De unos 10 cm, los instrumentos tenían una lente biconvexa, montada en una lámina de latón. La muestra era montada frente a la lente, cuya posición y enfoque podían ajustarse girando dos tornillos. Debían sostenerse muy cerca del ojo; requería de buena iluminación y paciencia para utilizarlo.

La habilidad de Leeuwenhoek para pulir lentes, su aguda visión natural y cuidado al ajustar la iluminación le permitieron construir lentes que magnificaban los objetos hasta 200 veces, con imágenes más claras y brillantes que las de cualquiera de sus colegas.

Lo distinguieron su curiosidad y habilidad descriptiva. Como no dibujaba bien, contrató a un ilustrador para preparar los dibujos de lo que observaba, los cuales acompañaban a sus descripciones. La mayoría de éstas son fácilmente reconocibles.

Podía dedicar tiempo y dinero a sus observaciones gracias al apoyo de su esposa Cornelia y su suegro, quien pensaba que tal vez podría sacar alguna ventaja de las habilidades de Leeuwenhoek y sus descubrimientos microscópicos.

Hasta 1673, el mundo no conocía la existencia de Antoni van Leeuwenhoek. En abril de ese año, el médico Reinier De Graaf, originario de Delft y miembro de la recién formada Real Sociedad de Londres, escribió al secretario Henry Oldenburg para introducir a su compatriota, destacando la calidad de sus lentes.

Leeuwenhoek empezó a enviar cartas a dicha sociedad, describiendo lo visto con sus microscopios; la primera contenía observaciones sobre los aguijones de las abejas.

Escritas en holandés, eran traducidas al inglés o latín, el idioma científico de la época, y publicadas en las Transacciones Filosóficas de la Real Sociedad.

Un día se le ocurrió observar agua de lluvia bajo el microscopio. Lo dejó maravillado; había un mundo de seres vivientes minúsculos, invisibles hasta entonces, a los que llamó “animalículos”, conocidos en la actualidad como protozoos.

Algunos miembros de la Real Sociedad no estaban convencidos de la veracidad de sus descubrimientos y la institución le pidió los planos de fabricación de su instrumento. Dolido, Leeuwenhoek sólo adjuntó los comentarios de las pocas personas que habían tenido el privilegio de usar sus lentes.

La institución envió al científico irlandés Thomas Molyneux a Delft para hacer un informe sobre los microscopios. El Dr. Molyneux quiso comprar uno, pero el dueño no aceptó.

Siendo el primero en disponer de lentes de tal calidad, Leeuwenhoek realizó hallazgos únicos. Destacó por sus descubrimientos y conclusiones tras sus observaciones.

Estudió tejidos animales y vegetales, minerales y fósiles. Descubrió las células sanguíneas y realizó la primera descripción de los glóbulos rojos, descubriendo cómo circulaban por los capilares de la oreja de un conejo y la pata de una rana.

Observando muestras de saliva y sarro de los dientes de varias personas, incluyendo los propios, describió las bacterias presentes en la boca.

Se enfrentó a la teoría de la generación espontánea, demostrando que los gorgojos y pulgas no surgían espontáneamente en los granos de trigo, sino que se desarrollaban a partir de huevos diminutos. Describió el ciclo vital de las hormigas, mostrando que las larvas y pupas proceden de huevos.

Fue el primero en observar espermatozoides vivos de animales y humanos. La publicación de sus descubrimientos lo convirtió en un personaje famoso.

Durante 50 años, Antoni van Leeuwenhoek escribió cartas a la Real Sociedad de Londres, que lo eligió como miembro en 1680, lo que le permitió unirse a Robert Hooke, Henry Oldenburg, Robert Boyle, Christopher Wren y otras luminarias científicas de su tiempo.

Se sintió honrado, pero nunca encontró tiempo para visitar Londres y firmar su registro. En cambio, muchos famosos viajaron a Delft para conocer sus lentes: Huygens, Boerhave, Heinsius, Descartes, Leibnitz, Spinoza, Wren, la Reina Ana de Gran Bretaña, el príncipe de Liechtenstein y Federico el Grande. No siempre lograban ver con claridad las muestras y algunos se quejaban de dolor de cabeza, pero todos se mostraban fascinados.

Leeuwenhoek demostró la circulación en los capilares de una anguila al zar Pedro el Grande de Rusia, quien lo invitó a navegar con él. En cambio, el emperador Carlos V no pudo llegar debido a una gran tormenta.

El famoso pintor Johannes Vermeer era amigo de Leeuwenhoek y se especula que éste fue el modelo para sus famosos cuadros “El Geógrafo” y “El Astrónomo”, algo no comprobado.

Ambos tenían una pasión por la óptica y las propiedades de la luz. Se dice que, por sugerencia de Leeuwenhoek, Vermeer usó una cámara oscura para detalles de sus pinturas.

Antoni van Leeuwenhoek nunca publicó el método para pulir sus magníficas lentes, ni su técnica para mejorar la calidad de sus preparaciones. Al mantener sus secretos, durante toda su vida fue el único investigador en el nuevo campo de la microbiología.

Su entusiasmo nunca decayó y hasta la vejez continuó con sus observaciones. El Padre de la Microbiología murió en Delft el 26 de agosto de 1723, a los 90 años.

Su hija mayor, Maria, encargó un monumento conmemorativo para su tumba en el Cementerio Oude Kerk de Delft y envió a la Real Sociedad una vitrina que su padre había preparado 22 años antes, conteniendo 26 microscopios de oro y plata.

La Real Academia de Artes y Ciencias de los Países Bajos entrega cada década la prestigiada Medalla Leeuwenhoek, a las contribuciones más destacadas en el estudio de la microbiología.

Investigación y Guión: Conti González Báez

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