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Abril 8, 2017

Bronceado y quemaduras solares
Publicado: Abril 8, 2017

Durante milenios, muchos pueblos han adorado al Sol. Pero a partir de la segunda mitad del siglo XX las personas empezaron a asolearse para adquirir un bronceado, nuevo símbolo de estatus en las culturas occidentales.

El bronceado es el oscurecimiento natural de la piel, estimulado por la exposición a la radiación ultravioleta de la luz solar. Su nombre se debe a que la piel morena es similar al color del bronce.

Antiguamente, tener la piel bronceada delataba a quienes trabajaban al aire libre, como campesinos o marinos. Estas personas eran vistas despectivamente por la aristocracia europea, que se preocupaba por mantener su piel blanca.

Con la urbanización, el concepto cambió totalmente. Estar bronceado significaba tener los recursos económicos para viajar a asolearse en alguna playa o balneario.

La obsesión por adquirir un color atractivo llevó a mucha gente a utilizar las camas de bronceado, sin necesidad de tener que salir de las grandes ciudades para tirarse al Sol.

Al principio se pensaba que estar bronceado era sinónimo de estar saludable, como los deportistas que se ejercitan al aire libre. Hoy se sabe que asolearse sin protección es peligroso para la salud. La exposición prolongada a los rayos solares puede provocar quemaduras, manchas, resequedad, arrugas en la piel y cáncer.

La piel es uno de los órganos más sorprendentes del cuerpo humano y el más grande. Sus células y tejidos nos permiten interactuar con el medio ambiente y prevenirnos de sus peligros.

Está compuesta por la dermis y la epidermis. La dermis es la parte interior; contiene glándulas sudoríficas y sebáceas, folículos pilosos y terminaciones nerviosas, que nos permiten sentir calor, frío, presión, comezón y dolor.

Las terminaciones nerviosas son nuestros sensores. Nos protegen de quemaduras, avisándonos cuando algo está dañando nuestra piel. Por ejemplo, al tocar un comal caliente, de inmediato retiramos la mano, evitando una lesión mayor.

La epidermis es la parte exterior. Es nuestra interfase con el mundo y también actúa como una barrera para proteger nuestro organismo. Tiene dos capas principales: la más interna y cercana a la dermis está viva; la más externa está muerta.

Lo que vemos son las células muertas de la capa externa, que se desprenden constantemente, mientras son reemplazadas por nuevas células.

La dermis está llena de vasos capilares, que satisfacen las necesidades nutricionales de todas sus células y ayudan a enfriar la piel. La epidermis no cuenta con un suministro directo de sangre, pero es mantenida y alimentada por la dermis.

El color de la piel se debe en parte al pigmento rojo de la sangre en los vasos capilares, pero principalmente está determinado por la melanina, pigmento fabricado por las células llamadas melanocitos.

Su número es similar en las diferentes razas humanas; los blancos tienen la misma cantidad que los negros. Las diferencias de color se deben a la cantidad de melanina que producen.

Cuando la piel se broncea al exponerse a la luz solar, los melanocitos no aumentan su número; solo incrementan su actividad.

La luz ultravioleta estimula la producción de melanina. El pigmento absorbe la radiación ultravioleta o UV del Sol y protege a las células de posibles daños por una excesiva radiación.

La producción de melanina toma cierto tiempo, por lo que la mayoría de las personas no puede adquirir un bronceado en un día. Hay que exponerse al Sol durante un periodo breve para activar los melanocitos, que producirán melanina en las siguientes horas.

Al repetir el proceso durante varios días, el pigmento formado en las células podrá proteger a la piel del Sol. Si no se toma el tiempo necesario para lograr un bronceado gradual, la piel se quemará.

Quienes tienen una piel demasiado clara, generalmente personas rubias o pelirrojas, no pueden broncearse. Constantemente sufrirán quemaduras solares y deben protegerse con un bloqueador solar.

Las demás personas, excepto quienes trabajan al aire libre y ya cuentan con un bronceado, deben usar siempre un filtro solar. Incluso los individuos con piel negra pueden sufrir las consecuencias de exponerse al Sol sin protección.

Además de producir un bronceado, los melanocitos son responsables de una forma de cáncer llamado melanoma. La exposición repetida a los rayos UV puede dañarlos y causar mutaciones cancerosas.

Es importante proteger diariamente nuestra piel, sobre todo si en vacaciones viajamos a un lugar más luminoso y pasamos el día en traje de baño. También hay que tomar precauciones en la ciudad si permanecemos más tiempo al aire libre, aún con ropa.

La luz solar llega a la Tierra en tres formas: infrarroja, visible y ultravioleta. Esta última se clasifica en tres categorías: UVA, que provoca el bronceado; UVB, que causa las quemaduras solares; y UVC, que es filtrada por la atmósfera y no llega a nosotros.

El 99% de la radiación solar a nivel del mar es UVA. La que causa mayores problemas relacionados con la exposición al Sol, desde arrugas hasta cáncer, es la UVB.

La radiación es reflejada por diferentes superficies, que amplifican sus efectos. La nieve refleja el 90%; esquiar sin protección adecuada puede provocar serias quemaduras e incluso ceguera.

La arena puede reflejar hasta el 20% de radiación UVB, la más peligrosa, por lo que la exposición es mayor en la playa, aun bajo una sombra.

En contraste, algunos materiales absorben la radiación UV; por ejemplo, el vidrio. Es difícil sufrir quemaduras de Sol dentro de un invernadero o un restaurante con vitrales y vista al mar. Los filtros solares utilizan químicos con similares propiedades de absorción.

Si durante todo el invierno usted permaneció dentro de su casa, oficina o salón de clases, se transportó en automóvil, autobús o el metro y “salió” al supermercado, cine o centro comercial, su piel -del color que sea- no cuenta con un bronceado.

Sus células cutáneas no están protegidas contra la radiación ultravioleta y es probable que su piel se queme. Si además se pone un aceite bronceador, la piel literalmente se freirá.

Después de algunas horas, las quemaduras solares dejan la piel roja, caliente y sensible al tacto; incluso pueden formarse ampollas. Estos síntomas indican que ha sido dañada por la radiación ultravioleta y el sistema inmunológico del cuerpo está respondiendo a la muerte de las células.

El enrojecimiento y aumento en la temperatura indican que hay un incremento en el flujo de sangre hacia los vasos capilares, para que los glóbulos blancos puedan reparar o remover las células muertas. Las terminaciones nerviosas envían señales de dolor al cerebro; por esta razón la piel quemada es tan sensible.

Incluso una leve quemadura destruye la epidermis, como si hubiera estado en contacto con una plancha caliente. La diferencia es que la quemadura con la plancha se siente al momento y la solar no.

Cuando la piel comienza a ponerse roja y doler, el daño ya ha sido hecho. Los efectos de una quemadura solar se presentan entre 6 y 48 horas después de exponerse al Sol sin protección.

Como en otros tipos de quemaduras, existen niveles de gravedad. Las leves son de un color rosado, con sensación de ardor. Las moderadas son rojas, con las líneas de la ropa claramente marcadas y se siente comezón o punzadas.

Con quemaduras severas la piel se torna rojo brillante y pueden presentarse ampollas, fiebre, escalofríos y náusea. En estos casos es necesario acudir a un servicio médico.

Para disfrutar del Sol sin sus peligros, hay que broncearse paulatinamente y protegerse con algún filtro solar o fotoprotector. Estos productos bloquean o absorben la luz ultravioleta.

Existen cremas opacas con óxido de zinc que usan los salvavidas en su nariz y algunos futbolistas que salen a jugar con la cara blanca, pero la mayoría son cremas o lociones incoloras.

Los ingredientes activos de diversos filtros solares incluyen benzofenonas que absorben las radiaciones UVA, cinamatos que absorben las radiaciones UVB y antranilatos que absorben ambas.

Todos los filtros solares están etiquetados con un número SPF, siglas de Sun Protection Factor o Factor de Protección Solar. Este funciona como un factor multiplicador.

Por ejemplo, si usted puede permanecer en el Sol 10 minutos sin protección antes de quemarse, con un filtro solar de 10 SPF podrá hacerlo durante 100 minutos.

Las pieles claras son mucho más sensibles al Sol y deben utilizar un SPF entre 15 y 50. Las pieles oscuras necesitan entre 8 y 30, pero ante un nivel de radiación extremo es recomendable el 50, número que también deben utilizar los niños.

Para que funcione el filtro solar, hay que untarlo en cara y cuerpo media hora antes de asolearse, sin olvidar labios, orejas, cuello, pies o la calva de algunos señores. Es necesario aplicarlo otra vez cada dos horas y después de nadar, aunque sea a prueba de agua.

Los filtros solares previenen quemaduras solares, pero no ofrecen una protección absoluta. Por ello, no se recomienda asolearse más tiempo del que se estaría sin el fotoprotector ni exponerse directamente al Sol, sino adquirir el bronceado mientras se realiza alguna actividad como nadar o caminar por la playa.

Los ojos son importantes sensores para el cuerpo y al usar lentes oscuros pueden enviar la señal de que no hay tanta luz y engañar al cuerpo.

En un día soleado, es necesario quitárselos durante algunos segundos cada 5 minutos, para que el metabolismo corporal responda adecuadamente a la situación lumínica.

Lo mismo ocurre con los lentes graduados; la mayoría no transmiten los rayos UV y también pueden confundir al organismo, por lo que hay que quitárselos periódicamente.

Algunas medicinas como antibióticos y diuréticos pueden provocar que la piel sea más sensible. Perfumes y lociones pueden mancharla al asolearse; es mejor usarlos en la noche.

Ácidos como el limón también manchan la piel, por lo que hay que evitar chupar uno al tomar el tequilita o la cerveza junto a la alberca, así como consumir botanas con su jugo bajo el Sol.

Los niños menores de tres años no deben exponerse a la luz solar entre las once de la mañana y las tres de la tarde, cuando la radiación es más intensa. Para toda la familia, es recomendable protegerse con camiseta y gorra o sombrero.

Para prevenir la deshidratación, hay que tomar mucha agua y, después de un día de Sol, aplicar alguna loción o crema hidratante en cara y cuerpo.

El Sol es indispensable para la vida y asolearse es benéfico para la salud. La luz ultravioleta ayuda al organismo a sintetizar la vitamina D, la cual permite metabolizar el calcio.

Este elemento es necesario para mantener los huesos sanos, aumentar las defensas del organismo y permitir el crecimiento en niños y jóvenes.

Las vitaminas D2 y D3 se encuentran de forma natural en algunos alimentos, aunque en cantidades limitadas, siendo mayor su aportación durante la exposición moderada a los rayos UVB.

Hay que gozar del Sol y disfrutar de todos sus beneficios, tomando las precauciones básicas para evitar molestias o daños permanentes a nuestra piel.

Investigación y guión: Conti González Báez

 

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