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Mayo 7, 2019

Catedral de Notre-Dame de París
Publicado: Mayo 7, 2019

Notre-Dame de Paris es un texto de Hippolyte Bazin (1905), con traducción libre y anotada por Gastón T. Melo-Medina, adaptada para Las Redes del Tiempo por Conti González Báez.

La catedral de Notre-Dame de París se impone por su dimensión más que por la elegancia de sus líneas, haciendo ver junto a su mole inmensa –a las personas– cual si fuesen hormigas. Debe primero mirársela así de fuera, percibir su dimensión, sus pesadas torres.

Al penetrar en ella sorprende la extensión de la nave; luego, uno se pregunta si la robustez de sus columnas no es algo exagerado. La bóveda de la gran nave con su proliferación de arcos de solera aparece sólidamente apoyada sobre los puntales que forman en ambos lados, las dobles naves bajas en el triforio muy profundo. Es la galería baja, entre el espesor de los muros.

Notre-Dame de París es un ejemplo magnífico de cierto primitivismo en el arte ojival, estilo arquitectónico medieval, que empleaba la ojiva para toda clase de arcos.

Documentos de incontestable valor histórico permiten seguir los pasos en la evolución del arte ojival y esto sin necesidad de salir de la propia Notre-Dame de París.

Sabemos así que el ábside o parte abovedada y semicircular donde normalmente se instalaban el altar y el presbiterio, la nave y el coro datan del siglo XII, hacia 1160, siendo las tres fachadas sensiblemente posteriores:

La parte inferior de la gran fachada del lado occidental, el frente, es de tiempos de Philippe-Auguste (circa 1223), mientras que sus partes altas pertenecen a la época de San Luis Rey (circa 1250) y de Felipe el Hermoso, mucho más tarde (1506).

Las otras dos fachadas del transepto, en sus lados norte y sur, fueron instruidas en la época de San Luis Rey (1214/1270). El transepto es la nave transversal que cruza la nave mayor y da a las iglesias y catedrales forma de cruz latina

El año 1163 es importante en los anales parisinos del arte. Es en el que el papa Alejandro III hizo, rodeado por doce cardenales, la consagración del reconstruido coro de Saint Germain des Près y puso la primera piedra de Notre-Dame. Su ubicación debía hacer de esta la principal de París y, para hacerle espacio, debieron ser demolidas algunas muy antiguas iglesias; tan vecinas fueron, que sus muros se tocaban.

Entre otras: La iglesia de St Etienne, muy grande también y datada por algunos en su primera etapa dede el siglo IV, la iglesia de la Santa Madre de Dios y la iglesia de St. Cristophe, construida sobre una sinagoga, a su vez erigida sobre un templo pagano.

La iglesia de la Santa Madre de Dios había por cierto sido recientemente restaurada y, desde luego, que su desaparición fue muy comentada y lamentada en la época.

Sin embargo, su fachada fue conservada y constituye hoy día la llamada puerta de Santa Ana, cuyas esculturas romanas bastarían para ubicarla. Un signo histórico marca claramente este pórtico de 1140: Luis VII, el donante, arrodillado a los pies de la Virgen.

Hijo de Luis VI el gordo, muerto de una disentería después de un exceso de bonne viande, Luis VII estuvo casado con la célebre Leonor de Aquitania, quien aportó en dote una buena parte del territorio francés actual. Tras la anulación de ese matrimonio, se casó con el Plantagenet Enrique II y se convirtió en reina de Inglaterra, madre de Juan sin Tierra y Ricardo Corazón de León, ambos reyes de Inglaterra.

El portal no fue utilizado hasta 50 años más tarde, al momento en que, comenzada por el ábside, la nueva catedral avanzaba 124 metros y alcanzaba el punto en que se entrelazaba con la fachada occidental.

Al interior de Notre-Dame de París, pilares y columnas tienen la masividad de la época romana, mientras que los bajos capiteles se esculpieron conforme a la nueva moda, con sus ganchos característicos que se desprenden de la tablilla superior o tailloir, la base que soporta el remate de las columnas, generalmente de forma rectangular; hasta entonces, se ornaba de entrelazados u hojas en aplicados o personajes en bajos relieves.

Al principio, la luz fue distribuida parsimoniosamente, siendo las ventanas de la gran nave bastante bajas y estrechas, quizá temiendo que su dimensión fragilizase la estructura y redujera la estabilidad del edificio.

Así, los trabajos bajo al mando del Arzobispo de Sully, condiscípulo de Luis VII y principal promotor de la idea, avanzaron lentamente aunque sin interrupción, como lo demanda esta suerte de construcciones importantes.

Cuando se llegó al pórtico principal ya el arte ojival había evolucionado, como puede constatarse en las dos últimas trabes. Esto puede observarse en el hecho de que las esculturas difieren significativamente de las del resto del edificio.

Las estatuas de la fachada occidental fueron reconstruidas luego que la Revolución Francesa las lastimara a golpe de martillos, cosas que ni hugonotes ni el tiempo habían hecho.

Correspondió a Viollet le Duc la restauración de Notre-Dame de París en el siglo XIX; aunque minuciosa, deja entrever las pérdidas y muchas de las obras deben mirarse solo en su conjunto, sin detenerse demasiado es el detalle de las mismas.

Están los reyes de Judea de la gran galería y los monstruos quiméricos, cuya silueta se delinea con sorprendente fantasía en los ángulos de los contrafuertes, encima de la avanzada de las gárgolas.

Con mayor detenimiento pueden observarse los bajos relieves, por lo menos en parte; la frescura del golpe de tijera de los artistas que representan escenas del evangelio, episodios de la vida de la Virgen o de los santos.

En el portal de Santa Ana está la Virgen sentada sobre un trono de carácter hierático o rígido, con solemnidad extrema, como se acostumbraba en las representaciones del siglo XII.

El tímpano del portal de la izquierda fue esculpido en el periodo siguiente; muestra a María menos como madre de Dios y más de los hombres. Se le observa extraída del trono por unos ángeles y después inclinándose sobre su hijo, quien amable y sonriente le entrega un cetro florido como se le concebía en el siglo XIII, en tiempos de Philippe-Auguste.

Otra figura, aun más hermosa de la Virgen, adorna el pórtico del transepto en la embocadura norte: María sonriente inclina su frente hacia delante. Los artistas del siglo XIII alcanzaron un grado de perfección extraordinario en sus trazos de la imagen de la Virgen.

Luis IX se hizo representar en el tímpano, quedando así estampado junto con su madre terrenal, Blanca de Castilla, nieta de Leonor de Aquitania, y su esposa Margarita de Provenza.

El portal meridional, sur o de St. Etienne fue comenzado al mismo tiempo, en el siglo XIII; la delicadeza de la obra escultural lo testimonia. Allí mismo encontramos un documento raro y precioso, la firma del arquitecto cuya traducción es la siguiente: “El segundo día de los Idus de febrero, Maître Jean de Chilles comienza esta obra en honor de la Madre de Cristo”.

El portal fue concluido por Pierre de Monreuil en 1270. Fue la puerta de los estudiantes y profesores del Barrio Latino, llamado así por el hecho de haberse instalado allí los romanos y porque estudiantes de toda Europa se comunicaban entre sí en latín. El portal está orientado justo hacia la Montagne Sainte Genviève, el barrio de los estudiantes.

En su origen, Notre-Dame de París no tenía capillas laterales. En 1220 la idea le vino a un generoso donante, para construir una serie a lo largo de las naves bajas. En 1296, el arzobispo Matías de Buci hizo lo mismo con las capillas absidales, al fondo.

Estas construcciones son motivo de acalorados debates entre especialistas, defensores los unos del purismo arquitectónico y otros de la armonía en la diversidad. En todo caso, la catedral es una entidad viva. Víctor Hugo habla de los tres tipos de lesiones que de que ha sido objeto Notre-Dame de París:

  • Lesiones de desgaste por el tiempo
  • Lesiones bárbaras, consecuencia de demoliciones salvajemente perpetradas
  • Lesiones producidas por los reparadores, algunos mas bárbaros que los demoledores.

Las esculturas encontraron en Violet le Duc al artista sabio capaz de entenderlas, para asegurar en consecuencia su inteligente reparación. Estudió los fragmentos remanentes de las piezas abatidas para restituirlas. Los revolucionarios detestaban aquellas imágenes de santos, que les recordaban a la realeza. En cambio, respetaron las escenas bíblicas y evangélicas de los bajos relieves.

Pensemos en la fe de la Edad Media y entenderemos así que los pliegues, los encajes de la piedra, los bordados en las esculturas no obedecen exclusivamente a una voluntad decorativa.

Hay un orden riguroso en los conjuntos que responde a una visión que les precede. Seguramente su construcción responde a profundos diálogos y meditaciones entre artistas, teólogos y voces populares. El orden principal esta orientado por la Glorificación de María, su hijo y los santos queridos de los parisinos.

En la amplia fachada occidental se aprecia en el lugar de honor a la Virgen, enmarcada arriba por las 28 estatuas de las nueve dinastías de los reyes de Judá: Roboam, Abiam, Asá, Josfat, Oram, Ocosías. Los reyes fueron 42, pero no todos están representados.

A diestra y siniestra de la Virgen, la avanzada de las torres y abajo las ricas esculturas de los tres portales. El central se consagra a Cristo quien, si bien concede a su madre un poder enorme, no resta nada a su gobierno y reino soberanos. Los restantes son de María: a la derecha, el de Santa Ana recuerda su familia terrestre; a la izquierda, está el de su asunción al cielo.

En torno a Cristo, ojeando el libro de la vida que se desprende del embarcadero central, en la densidad del pórtico, están dispuestos los doce apóstoles; a sus pies, las virtudes que conducen al cielo y los vicios que precipitan al infierno.

En esa entrada, el Juicio Final ocupa el tímpano en la arcada y se extiende el cortejo de los huéspedes bienaventurados del paraíso: ángeles, tropas de profetas glorificados, el ejército de mártires, doctores de la iglesia y vírgenes.

Entre los aspectos más pintorescos de este conjunto, las virtudes tienen por encima al vicio que se les opone.

La caridad se representa por la oveja que ofrece todo lo que tiene: leche, pelambre, su carne misma, y en contraste el avaro, que cela sus tesoros en un cofre.

La bravura tiene forma de una mujer sentada con la mirada firme, apoyada en un escudo en que se representa a un león; la cobardía se representa por un hombre corriendo a toda velocidad, que mira con temor al animal que lo persigue: una liebre.

Un buey representa a la paciencia, mientras la cólera toma los rasgos de un hombre que insulta e injuria a un monje desarmado.

La obediencia tiene en su escudo al más dócil de los animales, un camello postrado, mientras la revuelta y la inquietud se reflejan en la mirada de un hombre que rechaza escuchar las exhortaciones de un obispo y voltea para insultarlo.

La perseverancia tiene como emblema una corona de recompensa, mientras que a la inconsistencia la representa un monje que se va del convento a grandes pasos, abandonando en su celda sus vestimentas monásticas y botas de coro.

No menos abundante en detalles es la escena del Juicio Final encima del Cristo, sentado en su trono y con sus pies puestos sobre el globo de la Tierra. Es el sitio del censo de almas.

Una de esas almas, un ser minúsculo y desnudo, como se presentará el hombre en su hora final, se ubica en uno de los platillos de la balanza sostenida por el arcángel San Miguel; en el otro platillo, el demonio trata de atraerla con un gancho, sin lograrlo.

En otra parte vemos la resurrección de los muertos. Dos jóvenes esposos invitados a gozar de la vida eterna, felices y de la mano, con la mirada elevada al redentor.

La cadena de reprobados llevada por un demonio conduce al abismo a grandes damas, reyes conocidos y sacerdotes. Con sus trazos convulsos, un diablo empuja por la espalda al último de los condenados que hace extraordinarios esfuerzos para no avanzar.

Escenas del paraíso y el infierno continúan en altos relieves de los dos primeros rangos del embovedado:

Sentado junto a un árbol, Abraham recibe en un manto las almas de los justos mientras tres figuras vestidas, juntan las manos. La ciudad de Dios es una aglomeración de edificios recortados y habitantes con la mitad del cuerpo fuera de las murallas.

Del lado izquierdo del arco, los sufrimientos de los pecadores en el infierno se muestran en una enorme variedad. En medio de las llamas, una enorme caldera en cuyos costados tratan de subir unos sapos. Satán clava a los desgraciados con un gancho, uno de ellos sale envuelto en llamas del hocico de un hipopótamo.

La muerte bajo los rasgos de una mujer a caballo, desencarnada y con los ojos vendados, lleva al infierno en su grupa y golpea al azar en torno suyo con su lanza. En otra parte, un diablo gordo saca la lengua y aplasta con su peso a un grupo de condenados. Escenas de horror se suceden entre serpientes y sapos.

La justicia divina llenaría de horror el corazón de los cristianos si no fuese por el amor y la tutela de María, la madre de los misericordes y cuyos misterios se relatan en los dos otros portales de la fachada occidental.

A la derecha están su padre Joaquín y su madre Ana, luego la presentación en el templo, la anunciación, el matrimonio con José. Un día, una sospecha injuriosa atraviesa el corazón de José. Sin embargo, instruido por la voz de un ángel, implora el perdón de quien acusó injustamente.

El misterio de la visitación continúa con el nacimiento del Mesías. La madre acostada, su hijo descansando a sus pies en una cuna entre el buey y el asno; José, sentado en la cabecera de la cama, inclinado, mientras los pastores se preparan para venir saludar al divino niño.

En la parte superior del tímpano, María en su trono de gloria recibe el homenaje de los ángeles, los profetas y los reyes que avanzan en cuatro líneas.

El portal de la izquierda muestra a la Virgen elevada al cielo por los ángeles hasta los pies de Cristo, que le entrega el cetro. Profetas y reyes de Judá se representan en el rango inferior del tímpano.

Una vez más, la madre del salvador es objeto de invocación en las dos puertas del lado norte: la Puerta del Claustro y la Puerta Roja. Sobre la primera, María, graciosa y sonriente, levanta al Niño entre sus brazos, una verdadera Virgen de Magnificat escoltada por dos conjuntos de estatuas, los Reyes Magos y las tres virtudes teologales: fe, esperanza, caridad.

En el primer rango del tímpano están esculpidas la Natividad, la Presentación y la Masacre de los Santos Inocentes. La parte superior se inspira en el legendario milagro de Teófilo, aquel diácono que, por odio a su obispo, vendió su alma a Satán; sin embargo, tocado por el arrepentimiento, es la virgen misma quien arranca el alma de Teófilo al demonio.

Sobre el tímpano de la Puerta Roja, llamada así por el color de sus ventanas, se percibe una vez más la coronación de la Virgen. Un rey imberbe, San Luis, está de rodillas junto al trono mientras al otro costado un par de damas se postran también; son su madre Blanca de Castilla y su esposa Margarita de Provenza.

En las curvas del arco se perciben diversas escenas de la leyenda de San Marcel, obispo de París, quien tras liberar a su pueblo del yugo de un dragón o demonio ofrece la comunión, confiesa y hace obras de caridad.

San Marcel vuelve a representarse en grande sobre el piñón o muro exterior que soporta la techumbre del transepto o crucero sur. es la parte reservada a la veneración de los santos de París.

Primero San Denis y sus compañeros Rústico y Eleuterio; los tres, decapitados. Para evitar la vista horrenda de los cuerpos mutilados, los artistas del siglo XIII quitaron a los mártires solamente la parte superior del cráneo.

Luego viene San Etienne, patrón de una de las dos iglesias demolidas para hacer la catedral, cuya vida y suplicio son contados con detalle. Rodeado de doctores, San Etienne discute la palabra de su maestro, mientras sus adversarios alientan contra él al pueblo que le lapida; por la caridad de algunos fieles, su cuerpo es depositado. En lo alto del tímpano, en una nube entre dos ángeles Jesús bendice el combate de su primer mártir.

La arcadas laterales conservan el recuerdo de la caridad del tan popular en toda Francia, San Martín: A caballo, comparte sus ropajes con un mendigo. Cristo enseña a dos ángeles, respetuosamente inclinados, el manto de San Martin, santificado.

Contemplando estos aspectos exteriores, podría pensarse que el interior de Notre Dame de París sería igualmente rico. No es así. En su interior, los templos están dedicados a la oración y la meditación.

Se decoran con celosías de cristal que desaparecieron en el siglo XVII, aunque podemos hacernos una idea del efecto que producían las dos rosetas atravesadas por los rayos del sol.

En Notre-Dame, los escultores realizaron bellísimos bajos relieves. En esos tiempos, la misa se celebraba fuera de las miradas de la multitud: No solo el altar rodeado de cuatro columnas de cobre grabado, entre las que se tendían espesas cortinas, sino que el coro mismo se rodeaba de una muralla de piedra.

La propia división entre coro y anti-coro, bien apreciado en algunas de las grandes catedrales inglesas, consistía en cierres de tela o muros que se adosaban de bajos relieves con escenas que van desde la Anunciación hasta las apariciones que siguieron a la resurrección de Cristo. En el siglo XVII, tras la destrucción del muro divisorio, se colocó una reja de hierro.

Lo poco que subsiste del muro, hace lamentar la pérdida. Por el lado norte, obra del siglo XIII, destacan las cualidades del gusto, sobriedad y elegancia que no tuvieron los artistas del siglo siguiente. Intentando hacerlo mejor, exageraron los efectos y variaron las actitudes, en detrimento de la simplicidad.

En el extremo del cierre del coro se levanta el monumento del voto de Luis XIII, que no carece de carácter ni grandeza, pero parece de alguna manera impuesto en este edificio gótico.

Todos los siglos testifican el embellecimiento de la iglesia, algunos inspirados por un gusto poco iluminado, con consecuencias irreparables.

El piso, revestido como si hubiese sido un amplísimo tapiz con lápidas funerarias de altos personajes, se recubrió en el siglo XVII con un mosaico sin mayor interés en la parte del coro y en el resto de la iglesia por un pavimento banal de mármol azul y verde.

La revolución arrancó a un inmenso San Cristóbal del pórtico de entrada, exvoto del Sire de los Essards, ofrecido antes de partir como cruzado y temiendo una emboscada de los Burguiñones.

También se llevó la escultura de Luis VI, el Gordo, la de Philippe-Auguste y la de un enigmático caballero cubierto con su armadura y cuya identidad será muy probablemente para siempre conservada. ¿Felipe el Hermoso? ¿Philippe de Valois?

Muchos eventos, aunque no dejaron una huella material, son dignos de recordarse. Tal el caso de los primeros Estados Generales en 1302, que afirmaron el derecho de Francia para gobernarse a sí misma y acordaron otorgar al rey Felipe IV el Hermoso el apoyo de su fuerza colectiva.

Era un tiempo difícil, la bula papal de Bonifacio VIII obligaba a Francia a rendir el poder humano de los reyes al poder divino del Vaticano. La encíclica Ausculta Filli buscó hacer prevalecer la teocracia, pero Felipe IV hizo caso omiso, convocando a sus caballeros y nobles en aquellos famosos Estados Generales y obteniendo su apoyo contra un poder fáctico del exterior.

Doce años más tarde, en la llamada Isla de los Judíos, frente al gran atrio de Notre-Dame de París, ocurrió el suplicio de Jacques de Mollay, Gran Maestro de los Caballeros Templarios. En 1314 fue decapitado junto con otros correligionarios, cuya valentía fue acrecentada con la vista de Notre-Dame.

Muchos otros eventos han ocurrido en esta catedral:

En 1429, la coronación del niño Enrique VI, rey de Francia y de Inglaterra, que los parisinos recibieron con tristeza. Con alegría, en cambio el regreso de Carlos VII.

En 1594, Enrique IV tomó posesión de su trono reconquistado. Allí también se realizaron sus funerales en 1610, más imponentes por la tristeza del pueblo que por su pompa.

En las balaustradas de Notre-Dame de París, los reyes de Francia exponían las banderas y estandartes de los tronos conquistados.

Fue allí donde se efectuó la consagración de Napoleón I, en mayo de 1804, después de haber desdeñado Reims en su afán de crear una nueva dinastía. A esta ceremonia acudieron juntos Alexander Von Humboldt y Simón Bolívar.

En 1831, Víctor Hugo publicó la famosa e interpretadísima obra, Nuestra Señora de París.

Allí se suicidó María Antonieta Rivas Mercado, con la pistola de Vasconcelos, el 11 de febrero en 1931.

Aquí estamos hoy, rindiendo homenaje a Nuestra Señora de París y a sus innumerables autores, nosotros, ustedes entre ellos.