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Luz Portilla
Luz Portilla
Lic. en Ciencias de la Comunicación Social
Diciembre 10, 2016

Construcción de la Nueva Basílica de Santa María Guadalupe
Publicado: Diciembre 10, 2016

La construcción de la Nueva Basílica de Santa María Guadalupe en el siglo XX fue necesaria debido al deterioro de los edificios antiguos y su hundimiento, por el descenso en el nivel del agua en las capas freáticas del subsuelo del Valle de México, con la consiguiente compresión del terreno.

Durante siglos hubo constantes ampliaciones y se construyeron nuevos edificios hasta 1931, cuando se celebró́ el cuarto centenario de las apariciones. Muchas de las obras llevadas a cabo en diferentes épocas acentuaron los problemas.

El ingeniero Manuel González Flores, inventor de los pilotes de control, alertó desde los años 70 sobre el peligro que amenazaba a la antigua Basílica y la necesidad de construir una nueva.

El arquitecto José Luis Benlliure Galán, quien había realizado un edificio para el Seminario Menor de la Arquidiócesis de México en Tlalpan, hizo varios anteproyectos que ubicaban a la Nueva Basílica en la parte superior del Cerro del Tepeyac, donde esperaba que no habría problemas, dada la conformación sólida del subsuelo.

Luego, el arquitecto Ramírez Vázquez, realizador del Museo Nacional de Antropología e Historia y las instalaciones de los Juegos Olímpicos de 1968 sugirió que se edificara en la misma plaza y así se decidió.

Ambos arquitectos y otros colegas se asociaron para proyectar y hacer posible la construcción del edificio. La dirección física de la obra quedó a cargo de Alejandro Schoenhofer, gran administrador y organizador, formado en el taller de Benlliure.

Los cálculos estructurales definitivos estuvieron a cargo del despacho Colinas y De Buen, mientras que de los estudios de acústica se encargó el eminente arquitecto Eduardo Saad.

Otros coautores son Javier García Lascurain, fray Gabriel Chávez de Mora y el ingeniero Bernardo Quintana de la compañía constructora Ingenieros Civiles Asociados (ICA).

El proyecto debía ser de vanguardia, sin opacar la arquitectura tradicional de La Villa, superando con mucho el cupo de la antigua basílica y evitando que el edificio fuera demasiado masivo.

Su forma responde a su principal función: la de acoger a los miles de peregrinos que llegan desde todas partes del mundo a visitarla. El antiguo templo admitía solamente entre 2 000 y 4 000 personas, en este último caso muy apretadas.

El cupo de la nueva basílica es de 10 000 personas en el interior. Además, en el segundo piso hay una capilla abierta hacia el atrio, como las que utilizaban los primeros frailes durante el siglo XVI, con lo que el número de asistentes aumenta a un total de 50,000.

La primera piedra fue colocada el 12 de diciembre de 1974, por el cardenal arzobispo de México, Miguel Darío Miranda y Gómez. Construido a escala con respecto a la magnitud de la plaza, desde la distancia no se ve la totalidad del edificio ni se aprecia su tamaño, pese a que ocupa un área de 10 000 metros cuadrados.

De planta circular, destaca el cilindro exterior de dos pisos y unos 10 metros de altura. El templo parece flotar en el aire, porque la planta baja está hueca en la mayor parte del perímetro, dado que ahí están las entradas a la gran sala.

Se optó por una cimentación mínima, concentrándola en un punto central, una gran columna de 42 metros de altura que perfora el terreno a 40 metros de profundidad. La estructura se apoya en 344 pilotes de control, que llegan a las capas resistentes del subsuelo.

El procedimiento de sustitución de cargas eliminó 50 000 toneladas de tierra del lugar, lo cual compensa parte del peso del edificio, estimado en 100 000 toneladas. Esto nos da una idea de la magnitud de la obra.

El techo se asemeja a una gran carpa colgada de un poste vertical. De forma irregular, fue construido con hormigón y recubierto con láminas de cobre, cuya oxidación le da su característico color verde.

Por dentro tiene gajos de madera, que acentúan visualmente la elevación progresiva del techo. El tratamiento de la techumbre atiende requerimientos acústicos, para evitar el eco o reverberación de las voces o la música durante las ceremonias religiosas.

El espacio interior está libre de obstáculos, con seis metros de altura en su perímetro y hasta 40 metros sobre el altar. La cúspide geométrica tiene un tragaluz que, abierto, también ventila el recinto.

Al fondo hay una pared con un magnífico retablo de madera, una cruz y la imagen de la Virgen de Guadalupe, visible desde cualquier lugar del del templo, incluyendo las capillas en el anillo circundante.

La necesidad de contemplarla de cerca se resolvió con una banda transportadora mecánica, situada detrás y abajo del altar. Los visitantes pueden verla durante unos instantes, sin distraer a quienes están en la nave principal.

El edificio incluye oficinas, dependencias de servicios, elevadores, biblioteca, criptas debajo de la nave principal, varias capillas posas en el atrio para descansar el Santísimo durante las procesiones a cielo abierto y un estacionamiento bajo la plaza.

La presencia de la histórica imagen es lo que convierte el lugar en santuario; fue trasladada a su nueva morada el 12 de octubre de 1976, día de su inauguración.

Investigación y Guión: Conti González Báez

 

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