web
stats
Lunes a Viernes de 23:00 a 01:00
BLOG: Las Redes del Tiempo
Luz Portilla
Luz Portilla
Lic. en Ciencias de la Comunicación Social
Agosto 4, 2014

El negocio del hielo
Publicado: Agosto 4, 2014

Hasta hace dos siglos, el hielo era tan sólo un desafortunado efecto del invierno. Pero a principios del siglo XIX, un hombre vio signos de dólar en estanques congelados. Ofreció al mundo los primeros vasos de agua fría en los calurosos días de verano y logró saciar una sed que la gente ignoraba que tenía.

En 1805, dos ricos hermanos de Boston, Massachusets, estaban en un día de campo familiar, disfrutando los raros lujos de bebidas frías y helado. En ese entonces, algunas familias pudientes mandaban cortar manualmente hielo de sus propiedades durante el invierno, el cual se almacenaba en pozos profundos para el verano.

Bromearon diciendo que serían la envidia de los colonos que estaban sudando en las Indias Occidentales, es decir, las Antillas y Bahamas en el Caribe. Fue un comentario casual, pero uno de ellos, Frederic Tudor, se quedó pensando en eso. 30 años después, estaría embarcando cerca de 200 toneladas de hielo al otro lado del mundo.

Nada en sus primeros años indicaba que podría crear una industria. Teniendo dinero para inscribirse en una universidad, dejó la escuela a los 13 años. Tras holgazanear un tiempo, se retiró a la propiedad campestre de la familia para cazar, pescar y jugar a ser granjero.

Cuando su hermano William dijo en broma que deberían recolectar el hielo del estanque de la propiedad y venderlo en las Indias Occidentales, Frederic tomó la idea muy en serio. Después de todo, no tenía nada más qué hacer.

Convenció a William de asociarse en el proyecto para embarcar hielo de Nueva Inglaterra al Caribe. Pensaba que una vez que la gente lo probara, nunca querría vivir sin él.

Durante los siguientes seis meses, los hermanos juntaron dinero y establecieron planes para embarcar su producto a la isla francesa de Martinica, donde esperaban crear un monopolio de hielo.

Nadie creía que la idea pudiera funcionar. De hecho, ninguna embarcación en Boston aceptó transportar la inusual carga, por lo que Frederic gastó casi 5,000 dólares en comprar un barco propio.

El 10 de febrero de 1806, el periódico “The Boston Gazette” reportó: “No es broma. una nave con una carga de 80 toneladas de hielo ha partido de este puerto hacia Martinica. Esperamos que esto no resulte ser un chasco.”

Lo fue. Aunque el hielo llegó a Martinica en perfectas condiciones, nadie quería comprarlo. Desesperado, Frederic Tudor explicó que los fríos bloques de hielo podían ser usados en el sofocante calor del Caribe, pero los isleños no fueron convencidos.

Después de tan mal inicio, su hermano William dejó la sociedad. Al invierno siguiente, Frederic estaba solo. Sin embargo, logró reunir suficiente dinero para enviar otro cargamento a las Indias Occidentales.

Pero cuando un embargo comercial dejó gran parte del Caribe inaccesible, no pudo hacer nada. Mientras tanto, la fortuna familiar se perdió en un malogrado trato de bienes raíces.

Tudor persistió y su negocio de hielo finalmente tuvo ganancias en 1810, pero la guerra, el clima y préstamos a familiares impidieron que se mantuviera en números negros.

El empresario estuvo tres veces en la prisión de deudores y pasó el resto del tiempo escondiéndose del alguacil. Pero seguía obsesionado con la idea de que el hielo lo haría rico.

Durante la siguiente década, desarrolló nuevas y efectivas técnicas para convencer a las personas de que necesitaban hielo, incluyendo una primera muestra gratis.

Mientras vivía en una casa de huéspedes en Carolina del Sur, llevaba diario una nevera con bebidas frías a la mesa del comedor. Los demás huéspedes se burlaban al principio, pero tras un par de tragos quedaban encantados con su hielo.

Tudor viajó por todo Estados Unidos y convenció a los dueños de bares para que ofrecieran bebidas frías al mismo precio que las regulares, enseñó a los restauranteros a hacer helado y buscó a médicos y hospitales para convencerlos de que el hielo era perfecto para refrescar a pacientes con fiebre.

La gente no sabía que necesitaba el hielo, hasta que lo probó. Entonces se convirtió en una necesidad de la vida diaria. En 1821, Tudor había creado una demanda para su producto en poblaciones del Sur como Savannah, Charleston y Nueva Orleáns, además de La Habana, Cuba.

Pero necesitaba refinar su operación. Entonces conoció a Nathaniel Jarvis Wyeth, quien se convirtió en su capataz en 1826. Éste inventó un método mejor para recolectarlo, usando un arado tirado por un caballo para cortar el hielo en grandes bloques.

También creó un proceso de ensamble en el lugar. Los trabajadores aserraban los bloques para separarlos y luego los ponían en canales para que flotaran corriente abajo. Una banda transportadora los izaba del agua y los llevaba a las casas de hielo, donde eran apilados hasta una altura de 25 metros.

Aún con tal eficiencia, sólo el 10% del hielo recolectado llegaba a venderse y la operación era increíblemente insegura. Además de esos enormes montones de hielo en precario equilibrio, las manos entumidas, los instrumentos filosos y las frígidas aguas hacían el proceso sumamente peligroso.

Los bloques de 130 kg de hielo podían resbalar fácilmente, golpeando a los trabajadores y provocándoles serias fracturas. Los recolectores también desarrollaban problemas en las rodillas, que se raspaban y sangraban al empujar el hielo sólido.

Pese a esos inconvenientes, los ingeniosos métodos de Wyeth mejoraron notablemente las anteriores prácticas de recolección y la producción se triplicó. Con el inventor a su lado, Tudor aseguró su monopolio y fue conocido como el “Rey del Hielo”.

Su reputación se consolidó en 1833, cuando embarcó 180 toneladas de hielo al otro lado del mundo, para los colonos británicos en Calcuta. La operación fue tan exitosa que reabrió rutas de comercio entre la India y Boston.

Para 1847, casi 52,000 toneladas de hielo viajaron por barco o tren a 28 ciudades de Estados Unidos. Casi la mitad provenía de Boston y la mayor parte era de Tudor.

Éste mantenía derechos para recolectar hielo en estanques clave a lo largo del estado de Massachusetts y lo exportaba a varios países de América, Europa y Asia.

El escritor Henry David Thoreau observó un día a los trabajadores en su famoso Walden Pond (Estanque Walden) y escribió filosóficamente acerca de la escena en su diario:

“Los acalorados habitantes de Charleston y Nueva Orleáns, de Madrás y Bombay y Calcuta, beben en mi pozo… El agua pura de Walden es mezclada con el agua sagrada del Ganges.”

Frederic Tudor murió en 1864, finalmente rico. Para entonces, todos los que tenían acceso a un cuerpo helado de agua estaban en el exitoso negocio inventado por él.

Esa década se convirtió en la cúspide de la competencia por la recolección de hielo en Estados Unidos. Aún cuando durante la Guerra Civil el Sur fue privado de su abastecimiento por el Norte, la industria progresó en Nueva Inglaterra y el Medio Oeste.

Conforme la sociedad se acostumbró a tener carne, leche, lácteos y fruta fresca, se convirtió en una de las industrias más poderosas de la nación. Al iniciar el siglo XX, casi todas las familias, comercios y bares contaban con una nevera.

Irónicamente, la dependencia estadounidense del hielo creó la tecnología que acabó con el imperio del hielo: los congeladores y refrigeradores eléctricos.

A principios del siglo pasado, estos electrodomésticos fueron perfeccionados y en la década de los 40 se habían vendido 5 millones de unidades. Como permitían hacer hielo en casa, ya no había necesidad de transportarlo a través del país.

Aunque la industria del hielo sigue existiendo, no es ni la sombra de lo que fue. La mayor parte del negocio está en el producto empacado que se vende a pequeños negocios o directamente a los consumidores para conservar refrescos y cervezas frías en neveras.

La próxima vez que usted disfrute de una bebida bien fría en un día caluroso, agradezca ese pequeño placer al gran visionario que tuvo la idea de convertir el agua de un estanque congelado en dinero: Frederic Tudor.

¡COMPÁRTELO!