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BLOG: Las Redes del Tiempo
Luz Portilla
Luz Portilla
Lic. en Ciencias de la Comunicación Social
Abril 26, 2014

H.P. Lovecraft, el maestro del terror
Publicado: Abril 26, 2014

Conocido como H.P. Lovecraft, el escritor estadounidense Howard Phillips Lovecraft nació el 20 de agosto de 1890 en Providence, Rhode Island. Fue hijo del viajante de comercio Winfield Scott Lovecraft y Sarah Susan Phillips, mujer sensible y de salud delicada.

Cuando Howard tenía tres años, su padre sufrió un colapso nervioso en un cuarto de hotel de Chicago y fue internado en el Hospital Butler, donde murió cinco años después de paresia, una parálisis debida a la neurosífilis.

Con la muerte de su papá, el niño fue criado por su madre, sus tías Lillian y Annie, y en especial su abuelo, el prominente industrial Whipple Van Buren Phillips. Fue un niño precoz: a los dos años escuchaba ávidamente los cuentos de hadas y ya recitaba poesía; a los tres aprendió a leer.

Entre las primeras obras que leyó estaban los cuentos de los hermanos Grimm y “Las Mil y Una Noches”. A los cinco años pasaba horas jugando a los árabes, llamándose “Abdul Alhazred”, nombre que muchos años más tarde usó para el autor del mítico libro “Necronomicon”.

Le encantaban las historias extrañas, así como los escenarios y objetos antiguos. Nada le fascinaba tanto como pensar en alguna curiosa interrupción de las prosaicas leyes de la naturaleza, o alguna intrusión monstruosa en su mundo familiar por parte de cosas desconocidas de los ilimitados abismos exteriores.

Uno de los efectos de sus lecturas fue sentirse fuera de lugar en el período moderno y pensar en el tiempo como algo místico y portentoso, donde podían ser descubiertas maravillas inesperadas.

En las pintorescas calles de Providence, donde los tragaluces de las puertas coloniales, pequeños ventanales y altos campanarios todavía mantenían vivo el encanto del siglo XVIII, sentía una magia inexplicable. Los atardeceres sobre los tejados de la ciudad, vistos desde la gran colina, le conmovían especialmente.

Cuando tenía seis años conoció la mitología griega y romana a través de publicaciones populares juveniles, siendo profundamente influido por ella. Dejó de ser árabe y se transformó en romano, adquiriendo una rara sensación de familiaridad e identificación con la antigua Roma.

Solía construir altares y ofrecer sacrificios a Pan, Diana, Apolo y Minerva. El estímulo imaginativo fue inmenso; durante una temporada creyó realmente haber vislumbrado faunos y ninfas de los bosques en ciertas arboledas.

No sólo los libros y las leyendas estimularon la imaginación del pequeño Lovecraft; la naturaleza también tocó intensamente su sentido de lo fantástico.

Su hogar estaba cerca del límite del distrito residencial, de manera que estaba acostumbrado a los prados ondulantes, paredes de piedra, olmos gigantes, granjas abandonadas y espesos bosques de la Nueva Inglaterra rural.

Le parecía que el paisaje, melancólico y primitivo, encerraba algún significado desconocido. Ciertas hondonadas selváticas y oscuras cerca del río Seekonk adquirieron una aureola de irrealidad, mezclada con un vago horror.

Su interés por lo sobrenatural fue fomentado por su abuelo, que lo entretenía con cuentos al estilo gótico y lo animaba a explorar su amplia biblioteca. Las extrañas ilustraciones del pintor Gustave Doré, que conoció en una edición del “Paraíso Perdido” de Milton, lo afectaron poderosamente.

Entidades negras, aladas y gomosas que denominó “espectros nocturnos” aparecían con frecuencia en sus pesadillas. A los siete años empezó escribir; su primera pieza fue un cuento sobre una cueva horrible, titulado “El Noble Fisgón”, que se ha perdido.

Lovecraft pasaba horas en el ático abismado en los libros, actividad que propició su frágil salud. Sufrió de frecuentes enfermedades, muchas aparentemente psicológicas. Su asistencia a la escuela primaria fue esporádica e irregular, pero tuvo una educación bastante completa gracias a sus lecturas independientes.

A los ocho años descubrió las ciencias. Primero se interesó por la química y pronto tuvo un pequeño laboratorio en el sótano de su casa. Luego en la geografía, con una extraña fascinación por el continente antártico y otros reinos inexplorados con remotas maravillas.

Finalmente se interesó por la astronomía y el atractivo de otros mundos e inconcebibles abismos cósmicos eclipsó todos sus intereses.

Su abuela materna, que murió cuando él tenía seis años, fue una devota estudiosa de esta ciencia y, aunque nunca le mostró personalmente las bellezas celestiales, dejó una gran colección de textos astronómicos que el niño devoró.

Poco después, creó un periódico publicado caseramente para distribuirlo entre sus amigos. Era muy sociable y un miembro más de la banda de chicos locales.

Además de los libros, disfrutaba con juguetes y diversiones al aire libre. En su décimo cumpleaños recibió una bicicleta en la que realizaba frecuentes paseos, aunque cortos debido su debilidad.

Cuando entró a la escuela secundaria, pudo asistir con cierta regularidad. De inmediato congenió con sus maestros y compañeros, encontrando amistades duraderas.

Tenía 14 años cuando murió su querido abuelo y la mala administración de su herencia sumió a la familia de Lovecraft en severas dificultades financieras.

Él y su madre se vieron forzados a dejar su linda casa victoriana y mudarse a unos estrechos cuartos en una zona pobre de la ciudad. El joven estaba devastado y aparentemente contempló el suicidio, pero la emoción de seguir aprendiendo borró esos pensamientos.

Durante la secundaria escribió historias fantásticas con seriedad. Le pareció que muchas eran basura y las destruyó, conservando solamente “La Bestia de la Cueva”, escrito a los 15 años imitando cuentos de horror góticos.

En esta etapa la mayor parte de sus escritos eran científicos y la verdad le cautivaba más que los sueños. La primera publicación de Lovecraft fue a los 16 años, cuando escribió una carta sobre asuntos astronómicos a un periódico dominical de Providence.

Poco después comenzó a escribir una columna mensual sobre astronomía en un periódico rural y artículos sobre temas científicos de actualidad en otros diarios de su ciudad natal, con un interés especial por distinguir la ciencia de la charlatanería.

La Luna le interesaba más que nada. Se sentaba noche tras noche observando los detalles de la superficie lunar, hasta que pudo describir cada pico y cráter como si fueran lugares de su vecindario. Eso sí, estaba muy enojado con la naturaleza por no permitirle ver el otro lado de nuestro satélite.

A los 18 años, poco antes de su graduación de bachillerato, sufrió un colapso nervioso que lo obligó a dejar la escuela sin recibir su diploma. Este hecho y el fracaso para entrar a la Universidad de Brown siempre avergonzaron a Lovecraft, pese al ser uno de los autodidactas más formidables de su tiempo.

Aunque su salud le impidió asistir a la universidad, sus estudios informales y la influencia de un tío médico notablemente erudito le ayudaron a suplir la carencia de estudios formales.

En los años en que debería haber sido universitario viró de la ciencia a la literatura, especializándose en las obras de aquel siglo XVIII del cual tan extrañamente se sentía parte.

En esos años se convirtió en un ermitaño, haciendo poco excepto continuar con sus intereses astronómicos y escribir un poco de poesía. Recluido en casa, mantuvo una relación demasiado cercana con su mamá, quien aún seguía sufriendo por la enfermedad y muerte de su esposo después de tantos años, desarrollando un vínculo patológico de amor y odio con su hijo.

Lovecraft emergió de su encierro de una manera muy peculiar. Leyendo revistas de moda, se exasperó tanto con las insípidas historias de amor de un tal Fred Jackson que escribió una carta, en verso, atacándolo.

Fue publicada en 1913, cuando el joven escritor tenía 23 años, y desató una ola de protestas de los defensores de Jackson. El debate continuó en varias publicaciones y la controversia despertó el interés de Edward Daas, Presidente de la Asociación Unida de Prensa Amateur, un grupo de escritores de Estados Unidos que escribían y publicaban por su cuenta sus propias revistas.

Daas invitó a Lovecraft a unirse a su asociación y, a los 25 años, éste publicó 13 ejemplares de su propio periódico, “El Conservador”, además de poesía y ensayos en otras publicaciones.

Más tarde, fue Presidente y Editor Oficial de la Asociación Unida de Prensa Amateur y también sirvió brevemente como Presidente de su rival, la Asociación Nacional de Prensa Amateur.

Otros escritores le aconsejaron retomar la escritura fantástica que había explorado en su adolescencia y lo hizo en 1917, antes de cumplir los 27 años, con la publicación de los cuentos “La Tumba” y “Dagon”, firmando con sus iniciales y apellido, H.P. Lovecraft.

Durante los siguientes años se involucró en una red de correspondencia con amigos y asociados que lo llevó a convertirse en uno de los escritores epistolares más prolíficos del siglo XX. En sus cartas hacía gala de su gran cultura, inagotable fantasía y magnífico sentido del humor.

A partir de los 30 años, su salud volvió a ser delicada y las bajas temperaturas de Nueva Inglaterra le causaban todo tipo de molestias. Cuando se sentía mejor, realizaba modestos viajes, dando gusto a sus intereses de anticuario. Su principal placer, aparte de la literatura, era la búsqueda evocadora del pasado arquitectónico y paisajístico en las viejas ciudades coloniales de América.

Gradualmente se las arregló para cubrir un territorio considerable, desde Canadá hasta el Sur de los Estados Unidos, escribiendo interesantes crónicas de esos viajes.

En 1919, la condición mental y física de su mamá se había deteriorado, hasta que sufrió un colapso nervioso y fue admitida en el Hospital Butler, del cual nunca salió. Murió dos años después a consecuencia de una operación de la vesícula mal realizada. El escritor se sintió destrozado.

Sin embargo, algunas semanas después, se recuperó lo suficiente para asistir a una convención de periodismo amateur en Boston, donde conoció a la mujer que se convertiría en su esposa.

Sonia Haft Greene era una judía rusa que le llevaba siete años, pero los dos congeniaban. La visitaba con frecuencia en Brooklyn y la noticia de su matrimonio al año siguiente, en 1924, no fue sorpresa para sus amigos. Él tenía 33 años y ella 40.

Howard se mudó al departamento de Sonia en Brooklyn y el panorama inicial parecía bueno: él se había convertido en un escritor profesional con la publicación de varias historias en la célebre revista de historias fantásticas “Weird Tales” (“Cuentos Sobrenaturales”) y ella tenía una exitosa tienda de sombreros en la Quinta Avenida de Nueva York.

Pero los problemas surgieron casi de inmediato. La sombrerería quebró, Lovecraft rechazó la oportunidad de editar una revista asociada a “Weird Tales” porque implicaba mudarse a Chicago y la salud de Sonia se vio afectada, teniendo que pasar algún tiempo en un sanatorio de Nueva Jersey.

El escritor intentó conseguir un empleo seguro, pero pocos estaban dispuestos a contratar a un hombre de 34 años sin experiencia laboral. El 1º. de enero de 1925 Sonia se fue a Cleveland, donde consiguió un trabajo, y Lovecraft comenzó el Año Nuevo mudándose a un departamento de soltero cerca de Brooklyn.

Aunque tenía muchos amigos en Nueva York, comenzó a deprimirse por su soledad y las masas de “extranjeros” en la ciudad. Su nostálgica ficción de “La Casa Apartada”, historia ubicada en Providence, dio paso a la desolación y misantropía de sus sentimientos neoyorquinos en “El Horror de Red Hook” y “Él”.

Al año siguiente hizo planes para regresar a Providence, la ciudad que extrañaba tanto. Su regreso fue para poder escribir a gusto en el mundo de su infancia.

El único problema era que Sonia no encajaba en sus planes. Aunque seguía sintiendo afecto por ella, aceptó sin discutir que sus tías le prohibieran que ella llegara a Providence a iniciar un negocio.

Para aquellas damas, pobres pero aristócratas, su sobrino consentido no podía ser marcado por el estigma de una esposa comerciante. Después de cinco años, el matrimonio estaba prácticamente acabado y el divorcio fue inevitable.

Los siguientes años fueron muy productivos. Lovecraft continuó viajando por los alrededores y escribió sus mejores obras, como “El Llamado de Cthulhu”, “En las Montañas de la Locura“ y “La Sombra Fuera del Tiempo”, convirtiéndose en todo un hombre de letras.

Creó una mitología pletórica de razas prehumanas en los “mitos de Cthulhu”, una serie de trece relatos interconectados, escritos en un lapso de 14 años, de 1921 a 1935.

Continuó su correspondencia con colegas de todo el país y alentó las carreras de jóvenes escritores. También se involucró en la política y los asuntos económicos cuando la Gran Depresión lo llevó a apoyar a Roosevelt y convertirse en un socialista moderado.

Continuó absorbiendo conocimientos en temas como filosofía, literatura, historia y arquitectura. Admiraba al pintor Francisco de Goya y Lucientes, a los escritores Edgar Allan Poe, Lord Dunsany y Ambrose Bierce yal físico Albert Einstein, cuyas teorías sobre la relatividad y el espacio curvo le interesaron sobremanera.

Siguió con emoción la noticia del descubrimiento del planeta Plutón en 1930 y le dio gusto que fuera gracias a los cálculos de Percival Lowell, a quien había conocido en su adolescencia, un poco apenado después de haber atacado furiosamente en sus artículos su fallida teoría sobre los canales en Marte.

Cuando Lovecraft tenía 42 años murió su querida tía Lillian y él se mudó con su tía Annie. La casa era a su gusto: tenía 130 años de antigüedad y estaba en la cima de una colina de Providence, con una encantadora vista de ramas y tejados venerables desde la ventana de su escritorio, donde trabajaba mejor de noche.

Su Nueva Inglaterra nativa con su antigua tradición se había hundido en su imaginación y aparecía frecuentemente en lo que escribía. Otros cuentos involucraban sueños casi reales.

Pero sus siguientes historias, más extensas y complejas, fueron difíciles de vender, por lo que fue forzado a mantenerse como corrector de estilo de otros autores, crítico y redactor de textos no literarios.

La situación económica de Lovecraft nunca fue buena y ahorraba todo lo que podía. Hacía dos comidas al día, conocía los lugares más baratos para comer y cuando hacía demasiado frío para salir, sobrevivía con productos enlatados. Sus platillos favoritos eran frijoles con puerco, espagueti, salchichas y papas fritas, mientras que su debilidad eran los helados y chocolates.

Llevaba una vida muy sencilla; cuando tenía dinero y su salud se lo permitía, le gustaba ir al cine. Le interesaban las películas con buenas historias, muchas basadas en clásicos de la literatura, como “Don Quixote” y “Sueño de una Noche de Verano”.

En 1936, el suicidio de Robert Howard, uno de sus corresponsales más cercanos, lo dejó confuso y triste. Para entonces, el cáncer de intestino que le habían diagnosticado a Lovecraft había progresado y era poco lo que se podía hacer para tratarlo.

Mientras veía que se acercaba su propia muerte, pensó que el destino final de su trabajo sería el olvido: nunca había publicado un verdadero libro y sus historias, ensayos y poemas estaban esparcidos en diversas publicaciones populares.

Pero las amistades que había forjado en su incansable correspondencia le prometieron encargarse de poner su obra en el lugar que merecía para la posteridad.

Gravemente enfermo, el escritor trató de aguantar los intensos dolores, pero tuvo que ser internado en el Hospital Jane Brown Memorial, donde murió cinco días después, el 15 de marzo de 1937. Tenía 46 años.

Su entierro en el Cementerio de Swan Point fue tan precipitado que sólo pudieron acudir cuatro de sus allegados. En su tumba puede leerse “Yo soy Providence”.

August Derleth y Donald Wandrei decidieron preservar sus historias en la dignidad de un libro bien impreso y formaron la firma editorial Arkham House. Su primera publicación fue “El Extraño y Otras Historias” en 1939, dos años después de la muerte de su amigo.

Luego siguieron otros volúmenes, aparecieron las ediciones de bolsillo y eventualmente la obra de H.P. Lovecraft fue traducida a una docena de idiomas, entre ellos el español.

Gracias a su talento y al enorme trabajo de recopilación de sus amigos, asociados y admiradores, el escritor ocupa un lugar privilegiado en la literatura estadounidense y universal.

Cultivó casi todos los géneros dentro del terror, desde el horror gótico a la fantasía, pero sin duda lo que le dio más fama fue la creación de un nuevo concepto, el horror cósmico.

Materialista y ateo, no creía en la existencia de espíritus ni almas. Los aspectos habituales del terror no le convencían y buscaba algo en lo que pudiera creer, que supliera a vampiros, fantasmas y demonios. Mirando a las estrellas, encontró en ellas la respuesta.

Así, de un modo bastante sencillo, este nativo de Providence cambió por completo el modo de provocar horror en el Siglo XX, y podemos ver sus influencias en autores consagrados hoy en día como Stephen King o Anne Rice.

Como dato curioso, entre todas sus historias, las favoritas de Howard Phillips Lovecraft eran “El Color que Cayó del Espacio” y “La Música de Erich Zann”, en ese orden.

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