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Noviembre 12, 2016

Historia del Correo
Publicado: Noviembre 12, 2016

Desde tiempos remotos, el hombre ha buscado mecanismos para comunicar mensajes a distancia. Los primeros eran orales y los mensajeros eran elegidos entre quienes destacaban por su buena memoria.

Los sumerios, que habitaron Mesopotamia hace 5,000 años, fueron los primeros en manejar la escritura y, por lo tanto, los primeros en escribir cartas.

Los egipcios escribían sobre pergaminos fabricados con pieles de animales. Más tarde usaron los papiros, hechos a partir de la corteza de un arbusto. Hace 4 500 años ya existía una amplia red de mensajeros en Egipto, siendo el Nilo la principal vía de comunicación.

La carta más antigua del mundo es del Faraón Pepi II, quien tomó posesión del trono egipcio a los siete años, cerca del año 2,200 a.C. Por iniciativa de sus consejeros, organizó una expedición al interior del continente africano para buscar oro, incienso y otros bienes necesarios para el culto, así como provisiones para el diario vivir.

Un servicio de mensajeros mantenía la comunicación entre la cancillería del joven monarca y el responsable de la expedición, llamado Hichouf. Los informes bajaban las aguas del río Nilo hasta llegar a la residencia real.

Las órdenes eran redactadas en la cancillería en finas cortezas del arbusto de papiro. Enrolladas, precintadas y selladas, eran enviadas a remontar el Nilo hasta llegar al corazón de África.

La palabra correo, se refiere a “el que corre” y se remonta a épocas en que los portadores de noticias eran verdaderos atletas, dedicados a llevar y traer mensajes o documentos para la nobleza, la casta sacerdotal y los militares.

El sistema de correos en distintas naciones era parecido a una carrera de relevos de corredores, que posteriormente fueron sustituidos por jinetes.

En Persia, Ciro el Grande reorganizó hace más de 2 500 años un sistema de correos que funcionaba desde tiempos inmemoriales. El historiador griego Herodoto escribió acerca los correos persas: “Ni la nieve, ni la lluvia, ni la oscuridad, ni la noche, impedirán que estos correos cumplan con su deber”.

Un mensajero legendario es el corredor de la célebre batalla de Maratón, que en el año 490 a.C. recorrió los 42 kilómetros que separaban dicho lugar de Atenas para anunciar la victoria de los griegos. Cumplido su deber, murió.

Desde el principio, el correo fue una herramienta del poder: Los gobernantes podían informarse de lo que pasaba en sus territorios y enviar órdenes a sus súbditos mediante la palabra escrita.

Los chinos inventaron el papel, material liviano y de fácil manejo, que se impuso en el imperio del lejano Oriente y fue conocido mucho después en Occidente. China impulsó el desarrollo más importante del correo en la Antigüedad, que llegó a ser ejemplar.

En la época de la dinastía Tchou, alrededor del año 1,200 a.C., ya existía un eficiente servicio de correos basado en estaciones donde los mensajeros descansaban y cambiaban de caballo. Según el explorador Marco Polo, existían cinco rutas, 16,000 estaciones y 70,000 empleados que llegaban a recorrer 230 kilómetros cada día.

Durante el Imperio Romano se consiguió un sistema muy eficaz para unir la capital con los puntos más lejanos. Augusto, el primer emperador, creó el Cursus Publicus usando las famosas vías de comunicación que unían todo el vasto imperio. Sin estas, Roma nunca hubiera existido.

Las rutas contaban con terminales en cada etapa y entre ellas existían de seis a diez paradas donde se cambiaba de caballería. Los taballarii transportaban la correspondencia oficial y a veces particular.

Durante la Edad Media, el correo fue una empresa de carácter privado al servicio de los poderosos. Los reyes, nobles y jerarcas de la Iglesia tenían sus propios correos para comunicarse. Con el fortalecimiento del poder real, el correo fue objeto de control oficial.

Embajadores, correos, mandaderos o troteros son distintos nombres que se les dieron a los trabajadores de este sector. Además de estos servidores, en algunas regiones europeas fueron utilizadas las palomas mensajeras, al parecer con gran eficacia.

A partir del siglo XIV, los mercaderes europeos fundaron servicios de entregas que organizaron en gremios para despachar a los correos.

En 1476, durante el reinado de Luis XI, se creó el primer correo montado en Francia. Del italiano staffa, que significa estribo, se deriva la palabra estafeta. Después se les llamó estafetas a los correos a caballo, que seguían utilizando el sistema de relevos.

Durante sus largos recorridos, los jinetes o carruajes necesitaban animales frescos para continuar la jornada. En puntos estratégicos de las rutas europeas se establecieron caballerizas; concentraban un buen número de caballos para el relevo oportuno, donde se les proveía de agua, forrajes y granos para su alimentación y descanso.

A esos lugares se les conocía como postas, nombre de origen latino que significa ”lugar o puesto donde están los caballos”. De ahí el origen del término postal.

Con el crecimiento de la demanda del servicio de correos, junto a las postas aparecieron pequeños mesones donde se podía comer y pernoctar, además de ser lugares propicios para entregar y recibir correspondencia; de ahí los títulos de Correo Mayor de Hostales y Postas dados a quienes ejercían la función del correo.

El servicio más importante fue el de la familia Tassis. El emperador Maximiliano I de Alemania nombró a Francisco Gabriel de Tassis, Conde de Valsanima, Maestro Mayor de Hostales, Postas y Correos de todos mis Reinos y Señoríos y posteriormente su nieto, Carlos I de España y V de Alemania, lo confirmó en el cargo.

Después, Carlos I llevó a la Corte de Toledo a los descendientes de Tassis como los Correos Mayores del Imperio Español. Durante el Renacimiento se extendió el uso de la palabra escrita como medio de comunicación y se desarrolló la imprenta. El correo, antes privilegio de reyes, se popularizó como un servicio confiable.

En el Imperio Azteca existían varios tipos de mensajeros. Los painanis eran emisarios del dios Painal, que según la mitología mexica era “el corredor veloz” o “el de los pies ligeros”.

Aunque transmitían información, su oficio era más bien de tipo religioso y ceremonial; como emisarios de Painal, mensajero de Huitzilopochtli, pregonaban el advenimiento de las Guerras Floridas, diligencia necesaria para la movilización de los ejércitos.

Los yciucatitlantis eran mensajeros que llevaban datos urgentes, como fue el caso de comunicar a Tenochtitlán la llegada de los españoles a estas tierras.

Los tequihuatitlantlis eran mensajeros al servicio del ejército, que informaban sobre el desarrollo de las batallas. Los tamemes eran encargados del servicio de paquetería, para transportar diversas mercancías como alimentos, joyas y telas.

Todos estos mensajeros pertenecían al ejército y se ubicaban en las fortalezas militares denominadas techialoyan, edificadas en las fronteras de guerra, que servían como puestos de vigilancia y límites territoriales.

En los caminos reales fueron colocadas unas torrecitas cada 10 km de distancia para hacer relevos, gracias a los cuales mensajes y mercancías llegaban con gran rapidez. El servicio era realizado por fuertes, rápidos y valerosos corredores de enormes distancias, que llevaban noticias de un tlatoani o rey a otro.

El sistema de los aztecas fue tan eficiente, que al emperador Moctezuma II le llegaba pescado fresco diariamente desde la costa de Veracruz.

La organización de mensajeros, mezcla de acólitos, espías, guerreros y comerciantes no era un sistema de correos propiamente dicho. Más bien, era parte de la logística y estrategia bélica.

Tras la caída de Tenochtitlán en 1521, en el recién establecido Virreinato de la Nueva España no existió la institución del correo como tal durante 59 años. Todo se manejaba a partir de mensajeros particulares, oficio que recaía en miembros del ejército.

El Servicio Postal Mexicano es uno de los más antiguos de América. El Rey Felipe II nombró Correo Mayor de Hostales y Postas de Nueva España a Martín de Olivares en 1580.

Durante la Colonia, con el surgimiento de ciudades, puertos, centros mineros y zonas agrícolas, el sistema de correos fue implantándose a todo lo largo y ancho de la Nueva España.

Con el establecimiento de las primeras rutas postales, las Ordenanzas de Correos de 1762 consignan, por primera vez en la historia, la figura del cartero, personaje imprescindible.

Según relatos de la época, el primer cartero de oficio en la Nueva España se llamó Joseph Lazcano. Era su obligación anotar los cambios de domicilio y dejar las cartas en manos del destinatario, salvo que conociera a sus parientes o criados. Cuando la carta era certificada, recogía el recibo y lo entregaba al administrador.

Toda correspondencia debía repartirse en un plazo de doce horas. Las ordenanzas señalaban como motivo de despido el retraso en el reparto y la modificación al precio marcado en la envoltura. Por lo demás, de acuerdo con lo dispuesto en las mismas, Lazcano obtenía un cuarto de real por cada carta entregada.

Durante esa época se estableció el correo marítimo entre Europa, América y Asia. La famosa Nao de China comunicaba a Manila, Filipinas, con el puerto español de Sevilla, a través de un recorrido terrestre de Acapulco a México y luego a Veracruz.

El correo novohispano fue concebido en sus inicios como una empresa privada. Concesionado sobre la base de las mercedes reales, permaneció durante 187 años en manos de particulares.

Con la instauración de las Reformas Borbónicas en el Imperio Español, el servicio de correos pasó a ser una función prioritaria de la corona española y Antonio Méndez Prieto y Fernández, último Correo Mayor, entregó el oficio al estado en 1766.

Al año siguiente, Carlos III expidió la Real Ordenanza del Correo Marítimo, un compedio de la normatividad existente en esa época. El sistema de correos español contaba con su propia flota, que tenía su sede en el puerto de La Coruña. Desde ahí, se planeaban los viajes a La Habana, Veracruz, Cartagena de Indias, Mar del Plata, Valparaíso y Manila.

Posteriormente, las Ordenanzas de Correos de 1794 establecieron toda la normatividad del sistema de correos en el imperio español y sus disposiciones continuaron vigentes durante 110 años.

Al iniciar el Siglo XIX, la red postal de la Nueva España movía más de un millón de piezas al año. Tenía una extensión de 25 000 km y contaba con 401 oficinas, atendidas por 901 trabajadores.

Durante la Guerra de Independencia, jugó un papel primordial. En valijas postales, a pie, a caballo o en carreta, viajaron por todo el territorio los planes de conspiración.

Tal era la fuerza del correo que, en 1812, el virrey Félix María Calleja ordenó abrir toda la correspondencia en los pueblos donde se sospechaba que vivían insurgentes, lo que motivó a estos a desarrollar sus propios correos.

Al consumarse la Independencia el 27 de septiembre de 1821, la junta provisional de la regencia estableció que la Dirección General de Correos subsistiría con los emolumentos que obtuviera por prestar el servicio.

El gobierno de Guadalupe Victoria estableció que la renta de correos dependiera de la Secretaría de Hacienda y en 1891 pasó a ser parte de la recién creada Secretaría de Comunicaciones y Obras Públicas.

Durante el Siglo XIX, dadas las luchas internas y guerras de intervención que sufrió nuestro país, el correo tuvo muchos altibajos. De un día para otro cambiaba de estructura y nombre, pero sin interrumpir jamás sus servicios a la sociedad.

El inglés Rowland Hill encabezó una serie de innovaciones postales en Gran Bretaña, estableciendo que el pago de la correspondencia debía hacerlo el remitente y no el destinatario.

Dice la leyenda que mientras Hill daba conferencias en Escocia, entró a una fonda para tomar algo y descansar. Mientras estaba dentro ahí, llegó un cartero con una carta para una criada. La muchacha expuso que no tenía dinero para pagar el importe.

Tras ofrecerse Hill a pagarlo, ella se negó rotundamente. Luego, le confesó que la carta era de su hermano y estaba en blanco. Ellos se comunicaban mediante señales que escribían en el sobre y así evitaban pagar la fortuna que costaba una carta. Hill descubrió que se trataba de una práctica generalizada.

Después de analizar costos y recorridos, se le ocurrió la idea del franqueo mediante un pago previo y una tarifa única basada en el peso de las cartas o paquetes. Su propuesta fue llevada al Parlamento, a pesar de la oposición del ministro de Hacienda.

Aceptadas en 1839, las reformas comenzaron con el nombramiento de Rowland Hill como secretario general. Se instituyó una tarifa de un penique para cada carta de media onza enviada a cualquier punto de las islas británicas y se triplicó el número de cartas.

La primera estampilla postal apareció en mayo de 1840, con el perfil de la joven reina Victoria, quien permaneció en todas las estampillas británicas durante los siguientes sesenta años. Se imprimió con tinta negra y tenía el valor de un penique, por lo que es conocida como penny black o penique negro.

Con su aparición, surgió también la filatelia. Un funcionario del Museo Británico fue el primero que se interesó en ella. Pearson Hill solicitaba a los países que acogían el sistema ideado por su padre que le enviaran ejemplares de los timbres que emitían, para guardarlos como referencia de su revolucionario invento.

A partir de 1840, la historia postal se divide en época prefilatélica y época filatélica, aunque fue hasta 54 años después, en 1894, cuando un famoso coleccionista francés apellidado Herpin propuso la palabra filatelia, cuyo significado es “amor a los sellos”.

Las estampillas, sellos o timbres atraen a millones de filatélicos de todo el mundo, no solo por su valor económico, sino también por su belleza estética y valor histórico.

Los términos timbre, sello y estampilla se utilizan indistintamente para denominar a ese pequeño trozo de papel que, adherido a la carta, valida el pago y hace llegar a todo el mundo un mensaje de buena voluntad y amistad del país que lo emite.

En México se utiliza el término estampilla, que se diferencia del timbre, de origen francés y connotación fiscal, así como del sello español, que en nuestro país corresponde a una marca que se imprime en el sobre con la fecha de envío.

Dieciséis años después de la aparición de la penny black, el presidente Ignacio Comonfort decretó la impresión de las primeras estampillas postales mexicanas, puestas en circulación el 1º. de agosto de 1856 con la imagen de Miguel Hidalgo y Costilla. El diseño fue obra del dibujante José Villegas, jefe de la Oficina del Sello de Estampas e Impresos del Gobierno.

En 1857, al promulgarse la primera Constitución Mexicana, se reafirmó que el servicio de correos seguiría siendo una atribución del estado. Se le facultó para realizar convenios internacionales, que facilitaran el intercambio de correspondencia con otros países.

A partir de la segunda mitad del siglo XIX, los avances tecnológicos en transportes, con los ferrocarriles y barcos de vapor, exigieron la atención de todos los países del mundo: los convenios bilaterales ya no satisfacían las crecientes necesidades del desarrollo postal.

Heinrich Von Stephan, funcionario de la Administración Postal de la Confederación de Alemania del Norte, desarrolló un proyecto de unión postal entre las naciones civilizadas. Por sugerencia suya, el gobierno suizo organizó en 1874 una conferencia internacional, con la asistencia de 22 países.

El 9 de octubre se firmó el Tratado de Berna, estableciendo la Unión General de Correos. Ante las numerosas adhesiones, tres años más tarde cambió su denominación por Unión Postal Universal, a la que el Correo Mexicano se adhirió el 1º. de abril de 1879.

En 1884, durante el gobierno del general Manuel González, se publicó el primer Reglamento y Manual de Organización de la Administración General de Correos, que adquirió el rango de Dirección General a partir de 1901.

El ministro de Comunicaciones y Obras Públicas, Francisco Mena, y el director general de Correos, Ramón de Zamacona e Inclán, plantearon la necesidad de contar con un edificio propio, acorde a la importancia de sus funciones y al alto volumen que manejaba, de 130 millones de piezas postales al año.

El 14 de septiembre de 1902, el presidente Porfirio Díaz depositó dentro de un cofre de acero publicaciones del día como El Imparcial, El País y El Mundo Ilustrado, monedas acuñadas ese año y billetes en circulación, enterrándolo entre las primeras piedras del Palacio Postal.

De estilo ecléctico, fue diseñado por el arquitecto italiano Adamo Boari y construido por el ingeniero militar mexicano Gonzalo Garita y Frontera. También conocido como Quinta Casa de Correos, por ser la quinta sede del correo en México, fue inaugurado el 17 de febrero de 1907 por el presidente Díaz como la Administración de Correos Número Uno.

Es uno de los palacios más espléndidos, no solo de la Ciudad de México, sino de todo el país. Recientemente restaurado, nunca ha dejado de funcionar y atender al público.

Durante la Revolución, nuevamente fue afectado el servicio de correos. Los grupos combatientes emitían rústicas emisiones que coexistían con estampillas de diversas formas, tamaños y precios.

Mientras tanto, el primer servicio de correo aéreo tuvo lugar en 1911 entre dos ciudades inglesas y en 1917 se realizó el primer servicio postal aéreo en México.

Al año siguiente se inauguró la primera ruta regular entre Nueva York y Washington, y un año después entre Londres y París. En 1921 se estableció el servicio transcontinental entre Nueva York y San Francisco, con un vuelo cuya duración era de 30 horas.

En 1935 se inauguró el servicio transoceánico entre Estados Unidos y Filipinas, y tuvieron lugar algunos vuelos de correo aéreo entre África y Brasil. Cuatro años después se estableció el servicio regular de Marsella a Nueva York.

En México, el Día del Cartero y el Empleado Postal fue establecido el 12 de noviembre de 1931, como reconocimiento a la obra social que realizan.

En 1933 se creó la Dirección General de Correos y Telégrafos, pero en 1942 el ejecutivo federal decretó su separación. Durante las siguientes décadas hubo más cambios administrativos, siempre buscando mejoras en el servicio postal.

Entre los avances más importantes del correo mexicano están el establecimiento del código postal numérico en 1981 y el inicio de la automatización postal en 1984.

En 1986 se creó el Servicio Postal Mexicano y se sustituyeron las Gerencias Postales Regionales por Gerencias Postales Estatales, para servir mejor a los usuarios del país.

La Unión Postal Universal tiene 190 países miembros y es la mayor red de distribución mundial. Más de seis millones de empleados postales trabajan en 700 000 oficinas para entregar cerca de 430 000 millones de piezas al año a todos los rincones del planeta.

Como consecuencia de la globalización, han surgido muchas empresas de mensajería y paquetería, pero el Servicio Postal Mexicano sigue cubriendo la mayor parte de las necesidades de nuestro país, con un servicio de correspondencia, mensajería y paquetería accesible, seguro, eficiente, de bajo costo y con la cobertura más amplia a nivel nacional e internacional.

Las comunicaciones se han desarrollado a pasos agigantados y los servicios postales, incluyendo el nuestro, deben asegurar su futuro adoptando los avances tecnológicos para desarrollar nuevos servicios.

Investigación y guión: Conti González Báez

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