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Luz Portilla
Luz Portilla
Lic. en Ciencias de la Comunicación Social
Septiembre 10, 2016

La historia de amor de Popocatépetl e Iztaccíhuatl
Publicado: Septiembre 10, 2016

En la cosmovisión de las antiguas culturas del México prehispánico, volcanes como Popocatépetl, Iztaccíhuatl, Citlaltépetl o Pico de Orizaba, Xinantécatl o Nevado de Toluca y Matlalcuéitl o la Malinche eran seres vivos, con un pasado divino o heroico.

Nuestros volcanes tenían nombre, sexo, pasiones y una historia, desde su nacimiento mítico hasta peleas por amores como las de las personas y han sido adorados como dioses.

Los mexicas nombraron a la pareja legendaria de enormes volcanes que enmarcan el Valle de México y se encuentran ubicados entre el Estado de México, Puebla y Morelos.

Popocatépetl deriva su nombre en náhuatl del verbo popoa (humear) y el sustantivo tepetl (cerro): “Cerro que humea”, ya que desde aquellos tiempos emanaba esa fumarola que nos es tan familiar.

Iztaccihuatl deriva de los vocablos iztac (blanco) y cíhuatl (mujer): “Mujer blanca”, aunque ahora la conocemos con el sobrenombre de la Mujer dormida.

Su nacimiento ha dado origen a numerosas leyendas, incluyendo la del idilio de los volcanes, que se remonta a la época mexica, difundida durante la Colonia. Ha llegado hasta nuestros días con diferentes versiones, de las que contaremos la más conocida.

Cuando los mexicas o aztecas dominaban el Valle de México, otros pueblos debían obedecerlos y rendirles tributo. Cansado de la opresión, el cacique de Tlaxcala decidió pelear por la libertad de su pueblo y empezó una terrible guerra entre aztecas y tlaxcaltecas.

Su hija, la bella princesa Iztaccíhuatl, se había enamorado de Popocatépetl, uno de los principales guerreros tlaxcaltecas. Antes de ir a la guerra, el joven pidió la mano de la princesa si regresaba victorioso. El cacique de Tlaxcala aceptó el trato, prometiendo recibirlo con el festín del triunfo y el lecho del amor.

El valiente guerrero se preparó con hombres y armas, partiendo a la guerra tras escuchar la promesa de que la princesa lo esperaría para casarse con él a su regreso.

Al poco tiempo, un rival suyo inventó que había muerto en combate. Al enterarse, la princesa Iztaccíhuatl lloró amargamente la muerte de su amado y luego murió de tristeza.

Popocatépetl venció en todos los combates y regresó triunfante a su pueblo. Al llegar, recibió la terrible noticia de que la princesa había muerto. De nada le servían riquezas y poderío si no tenía su amor.

Para honrarla y a fin de que permaneciera en la memoria de los pueblos, mandó que 20,000 esclavos construyeran una gran tumba, amontonando diez cerros para formar una gigantesca montaña.

Desconsolado, tomó el cadáver de su princesa y lo cargó hasta depositarlo recostado en su cima, que tomó la forma de una mujer dormida. El joven le dio un beso póstumo, tomó una antorcha humeante y se arrodilló en otra montaña frente a su amada, velando su sueño eterno. La nieve cubrió sus cuerpos y ambos se convirtieron, lenta e irremediablemente, en volcanes.

Desde entonces permanecen juntos y silenciosos Iztaccíhuatl y Popocatépetl, quien a veces se acuerda de su amada; entonces su corazón, que guarda el fuego de la pasión eterna, tiembla y su antorcha echa un humo tristísimo.

Durante muchos años y hasta poco antes de la Conquista, las doncellas muertas por amores desdichados eran sepultadas en las faldas del Iztaccíhuatl.

En cuanto al cobarde tlaxcalteca que por celos mintió a Iztaccíhuatl sobre la muerte de Popocatépetl, desencadenando esta tragedia, fue a morir desterrado, muy lejos.

También se convirtió en un volcán, Citlaltépetl y se cubrió de nieve. Hoy conocido como el Pico de Orizaba, desde lejos vigila el sueño eterno de los dos amantes a quienes nunca, jamás podrá separar.

En la Colonia se contaba que en una ocasión el Popocatépetl perdió el sombrero de charro que cubría su cabeza, es decir, su cráter, porque quería meterse con Doña Esperanza Malinche, de Tlaxcala y Puebla. Citlaltépetl, esposo de ésta, le tiró una gran pedrada.

Otra versión cuenta que lo hizo la propia Malinche, despechada por haberla dejado plantada, ya que él siempre ha sido fiel a su difunta amada Iztaccíhuatl.

Investigación y Guión: Conti González Báez

 

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