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Luz Portilla
Luz Portilla
Lic. en Ciencias de la Comunicación Social
Mayo 16, 2019

La historia de Helen Keller y su maestra Anne Sullivan
Publicado: Mayo 16, 2019

Helen Adams Keller nació el 27 de junio de 1880 en Tuscumbia, un pequeño pueblo de Alabama, Estados Unidos. Era hija del capitán del ejército confederado Arthur Henley Keller, de origen suizo, y de Kate Adams Keller.

El capitán Keller se ganaba la vida como dueño de una plantación del algodón y era redactor de un periódico local. Su esposa Kate trabajaba en la plantación y ahorraba dinero haciendo su propia mantequilla, manteca de cerdo, tocino y jamón.

Helen era una niña con mucha vitalidad, muy sociable, simpática e inteligente. Aprendió rápidamente a caminar y a balbucear unas cuantas palabras, pero su vida cambió dramáticamente cuando tenía diecinueve meses y contrajo una enfermedad que la dejó sin vista y sin oído. Aunque su naturaleza sigue siendo un misterio, se piensa que pudo haber sido escarlatina, encefalitis o meningitis.

La niña no se desanimaba fácilmente. Pronto comenzó a descubrir el mundo, usando sus otros sentidos. Tocaba y olía todas las cosas que estaban a su alrededor y sentía las manos de otras personas para saber lo que estaban haciendo.

Era capaz de hacer algunos trabajos, como ordeñar vacas o dar forma a la masa. Reconocía a las personas palpando sus caras y ropa. Podía saber en qué lugar del jardín se encontraba, oliendo las diferentes plantas y sintiendo con sus pies la hierba.

Inventó 60 signos diferentes, que le servían para comunicarse con su familia. Si ella quería pan, por ejemplo, simulaba cortar un trozo y untarlo con mantequilla.

A los cinco años se dio cuenta de que era diferente y que su familia no usaba signos, sino que se comunicaba con la boca. A veces se colocaba entre dos personas y les tocaba sus labios.

No comprendía lo que estaban diciendo y aunque quería hablar, cuando lo intentaba no se le entendía. Entonces se enojaba, golpeándose contra la pared, dando patadas y llorando.

Con el tiempo, su frustración aumentaba y su rabia era peor. Se convirtió en una niña salvaje y revoltosa. Si no conseguía lo que deseaba, se ponía muy agresiva. Tiraba la comida de los platos de otras personas y rompía objetos frágiles, arrojándolos al suelo. Una vez  encerró a su madre en una despensa.

Esta situación hizo que su familia, desesperada, pensara en la necesidad de hacer algo. Incluso llegó a considerar recluirla en una institución.

Kate Keller había leído un libro de Charles Dickens donde hablaba del trabajo fantástico que se había hecho con otra niña sordociega, llamada Laura Bridgman. Decidieron visitar a un médico especialista en Baltimore, para que los aconsejara.

El doctor confirmó que Helen nunca vería ni oiría otra vez, pero al detectar una chispa dentro de la menor, creyó que podía ser educada. Les aconsejó visitar a un experto en educación de ciegos.

Este experto sugirió a los Keller escribir a Michael Anagnos, director del Colegio Perkins para Ciegos en Boston, solicitando un profesor para Helen. Anagnos recomendó inmediatamente a una antigua alumna de la institución.

Anne Mansfield Sullivan había perdido casi por completo la visión a los cinco años. Venía de un ambiente pobre, a los diez años su madre había muerto y su padre la había abandonado. Ella y su hermano Jimmy fueron enviados a un orfanato, donde el niño murió.

Tuvo la suerte de haber sido bien acogida en Perkins. Aunque la llamaban “fiera” por su actitud, el director supo que podía aprender a comportarse y ser una de las alumnas más inteligentes.

Estando allí fue operada de sus ojos en dos ocasiones, lo que permitió que recuperara algo de visión y pudiera leer un poco. Se graduó con honores en 1886 y comenzó a buscar trabajo.

Para Anagnos, estaba claro que era la persona adecuada para educar a la pequeña sordociega. Sullivan aceptó gustosa y el 3 de marzo de 1887 llegó a la casa de Tuscumbia.

En su autobiografía, Helen Keller escribió: “El día más importante de mi vida fue aquel en que mi maestra me conoció.”

Anne Sullivan se dio cuenta de que si pudiera comunicarse, sería diferente. Decidió enseñarle el alfabeto manual, traído de España e inventado por frailes trapenses, quienes se las habían ingeniado para comunicarse, ya que no podían hablar por el voto de silencio que hacían.

Es una lengua de signos en la que cada letra tiene un signo que es trazado en la mano de la persona sordociega, de manera que pueda sentir su forma. Palabras y frases pueden ser deletreadas, permitiendo expresar ideas abstractas. Se le conoce también como deletreo dactilar.

Sullivan comenzó a enseñar a Keller lo que podían hacer sus manos para comunicarse, deletreando la palabra “muñeca” para significar el regalo que le había llevado. La siguiente fue “pastel”.

La niña podía repetir los movimientos de los dedos, pero no entendía su significado. Mientras Sullivan intentaba hacerse entender, también luchaba para controlar el comportamiento de su pupila. Le preocupaban sus modales, ya que comía con las manos y no respetaba las normas.

Sus intentos por mejorar sus modales en la mesa, hacer que se peinara sola y se amarrara los zapatos por sí misma, hicieron que la pequeña continuara con sus pataletas.

Y un día todo cambió. Sullivan la llevó a la bomba de agua, la puso en contacto con el líquido y deletreó A-G-U-A en la mano de la niña, repitiéndolo varias veces.

Algo dentro de ella le hizo entender el significado de la palabra y se dio cuenta que cada cosa tenía un nombre. A partir de entonces, Helen Keller aprendió el nombre de todo y pedía que fuera deletreada en su mano cada cosa que tocaba. Su progreso fue asombroso.

Anne Sullivan continuó enseñándola durante los años siguientes deletreando en su mano, usando frases completas y hablándole sobre todo lo que ocurría a su alrededor. También hizo que participara en nuevas actividades, como navegar en una barca o saltar desde un tobogán.

No pasó mucho tiempo para que Anne Sullivan enseñara a Helen Keller a leer, primero con el alfabeto manual táctil y más adelante con el sistema Braille.

Keller aprendió a leer los labios de las personas, tocándolos con sus dedos para sentir el movimiento y las vibraciones. Este método se llama Tadoma y es una habilidad que muy pocas personas logran desarrollar.

Ambas fueron al Colegio Perkins para Ciegos en Boston y a la Escuela para Ciegos de Nueva York. Sullivan ayudaba a Keller, interpretando en sus manos  lo que los profesores decían en clase y transcribiéndolo en el sistema Braille.

El director Michael Anagnos estaba muy emocionado con los adelantos de la joven y escribió varios artículos. Éstos provocaron una oleada de publicidad sobre Helen Keller, quien aparecía en todos los periódicos, llegando a hacerse famosa. Incluso fue invitada por el presidente Cleveland a visitar la Casa Blanca.

Keller supo de una muchacha noruega ciega y sordomuda que había aprendido a hablar. Inmediatamente deletreó en manos de Anne Sullivan su deseo de hacerlo.

En la escuela para sordos de Horace Mann en Boston, la directora Sarah Fuller comenzó a trabajar con ella, poniéndole ejercicios con la lengua y dientes, para que sintiera la posición de ambos, así como los movimientos del maxilar inferior y la laringe.

Keller aprendió a hablar, poniéndose un dedo en la nariz, otro sobre los labios y el pulgar en la garganta, pero no lo hacía como las personas normales; su voz, gutural y ronca, era desagradable.

Ella continuó con sus ejercicios y pudo mantener conversaciones, mejorando cada día su pronunciación. Colocando los dedos de la misma forma sobre una persona que hablaba, podía entenderla. Así pudo conocer la voz de Enrico Caruso.

A los 20 años entró en la Universidad de Radcliffe, siendo la primera persona sordociega en presentarse en una universidad. Fue una excelente estudiante, con gran poder de concentración y muy buena memoria. Sin embargo, la enorme cantidad de trabajo condujo al deterioro de la visión de su maestra Anne Sullivan.

En 1904, Keller terminó sus estudios de Inglés en Radcliffe. Fue la primera persona sordociega en obtener un título universitario y además, con mención Cum Laude. Ese mismo año, habló por primera vez ante un público en la Exposición de San Luis.

Durante su estancia en la universidad, Keller comenzó a escribir sobre su vida. Ella y Sullivan pidieron a Juan Albert Macy ayuda para corregir su primer libro, La historia de mi vida. Tuvo un éxito inmediato y gracias a ello pudo comprarse su propia casa.

Poco después, Juan Macy y Anne Sullivan se casaron. Los tres vivieron juntos en Massachusetts y durante ese tiempo Helen Keller escribió El mundo en el que vivo, revelando por primera vez los pensamientos de su mundo interior.

Las dos mujeres iniciaron una gira de charlas sobre sus experiencias. Keller contaba su vida y su discurso era interpretado frase a frase por Sullivan. Cobraban 2,000 dólares por semana, una suma considerable en esa época.

Les ofrecieron hacer una película en Hollywood y aceptaron. Keller no estuvo muy contenta con la filmación, pues según ella era demasiado glamorosa; desafortunadamente, no fue el suceso financiero que esperaban.

En 1914 emprendieron giras transcontinentales de conferencias, para las cuales se les unió una joven de origen escocés, Polly Thompson. Los libros de Keller fueron traducidos a varios idiomas y adaptados al sistema Braille. Ella recibió títulos honoríficos y condecoraciones en diversos países.

Su madre Kate murió en 1911 y el mismo año Anne Sullivan ya no pudo trabajar más; Polly Thompson tomó su lugar como acompañante y traductora.

En 1931 visitaron el Palacio de Buckingham. Los reyes de Inglaterra quedaron impresionados por las habilidades de Keller, quien llegó a ser vicepresidenta del Real Instituto para Ciegos en el Reino Unido.

Mientras tanto, la salud de Anne Sullivan empeoraba y con la noticia de la muerte de Juan Macy, de quien se había divorciado años antes, se quebrantó definitivamente su espíritu. La “maestra milagrosa” murió en 1936.

Tras la muerte de su tutora, Helen Keller vivió 32 años más. Después de la Segunda Guerra Mundial, ella y Polly Thompson continuaron viajando por el mundo, consiguiendo recursos para la Fundación Americana para los Ciegos, en cuya creación colaboró. Visitaron Japón, Australia, Sudamérica, Europa y África.

Por esa época su casa fue destruida por el fuego y en el incendio se perdieron muchas cosas valiosas, sobre todo el último libro acerca de Anne Sullivan, en el que Keller había estado trabajando. Poco después la salud de Thompson también empezó a deteriorarse y los doctores le recomendaron no seguir viajando.

En 1953 fue realizado un documental acerca de la vida de Helen Keller titulado La invencible, el cual fue ganador de un Óscar. Ella se puso a trabajar en su libro Maestra, siete años después de que su original fuera destruido. Fue publicado en 1955.

Dos años después fue realizada La trabajadora milagrosa, una serie de televisión sobre Anne Sullivan y Helen Keller, que luego fue adaptada para Broadway, donde fue un éxito por casi dos años. En 1962 se realizó otra película, también premiada por la Academia.

Polly Thompson murió en 1960. La enfermera Winnie Corbally cuidó en sus últimos años a Keller, quien sufrió una serie de accidentes cerebro vasculares, por lo que su vida pública se fue cerrando.

En 1964 fue galardonada por el presidente Lyndon Johnson con la Medalla Presidencial de la Amistad, el más alto premio para personas civiles en los Estados Unidos.

Helen Keller murió mientras dormía el 1.º de junio de 1968, poco antes de cumplir 88 años. La urna con sus cenizas fue depositada cerca de los restos de Anne Sullivan y Polly Thompson.

En 1925, durante la Convención de los Leones en Ohio, esta gran dama había hecho una súplica que la reafirmaría como símbolo de valor y humanidad, pidiéndoles ser los Caballeros de los Ciegos en la cruzada contra la oscuridad.

Desde entonces, se convirtió en la inspiración del leonismo. Millones de vidas han sido transformadas por las actividades de los Leones a favor de los ciegos y personas con problemas de la vista.

Actualmente, los Clubes de Leones de todo el mundo participan en diversos proyectos relacionados con la visión y han instituido el 1.º de junio como el Día de Helen Keller.

Investigación y guión: Conti González Báez

 

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