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BLOG: Las Redes del Tiempo
Luz Portilla
Luz Portilla
Lic. en Ciencias de la Comunicación Social
Febrero 8, 2014

La Leyenda de Cupido
Publicado: Febrero 8, 2014

Mucho antes de la celebración del Día de San Valentín, el pequeño dios Cupido ya ocupaba un lugar protagónico en las festividades romanas dedicadas al amor.

Conocido como Eros en la mitología griega, era el dios responsable de la lujuria, el amor y el sexo. Su nombre es la raíz de palabras como erotismo.

Su equivalente romano era Cupido, también conocido como Deseo o Amor. Este niño alado era hijo de Venus, diosa de la belleza y la fertilidad, y Marte, dios de la guerra.

En Grecia se le representaba con el aspecto de un adolescente, pero posteriormente en Roma se le fue mostrando cada vez más joven, como niño y luego como un infante de tres o cuatro años, armado con un arco y una flecha, ocasionalmente ciego o con los ojos vendados.

Sus flechas representan el deseo y las emociones amorosas: cuando Cupido hiere a alguien con ellas -sea dios o mortal- lo condena a enamorarse profundamente.

Sin embargo, en su carcaj llevaba dos clases de flechas: unas doradas con plumas de paloma que provocaban un amor instantáneo, otras de plomo con plumas de búho que provocaban la indiferencia.

Ayudante de su madre Venus, dirigía la fuerza primordial del amor y la llevaba a los mortales. Era pícaro y carismático, pero a veces cruel con sus víctimas, ya que no tenía escrúpulos.

Resulta extraño que, siendo un dios mitológico, sea representado por la figura de un niño. La historia cuenta que su propia madre, Venus, se sorprendió al comprobar que pasaba el tiempo y no crecía como era de esperarse.

Preocupada, se dirigió al Oráculo de Temis para consultarle su problema y éste le dijo: “El Amor no puede crecer sin Pasión”. Venus no entendió esa respuesta, hasta que nació su hijo Anteros, el dios de la pasión. Cuando estaba junto a él, Cupido crecía hasta convertirse en un apuesto joven; pero cuando se separaban, el dios del amor volvía a su forma infantil y seguía con sus travesuras.

Consciente del poder que ostentaba, a veces rechazaba las peticiones de su madre y los demás dioses de interferir en el curso de la vida de algunos mortales. Siendo tan juguetón, provocaba frecuentes problemas a los dioses.

Por ejemplo, enfadado porque Apolo bromeó sobre sus habilidades como arquero, hizo que éste se enamorara de la ninfa Dafne y disparó una flecha con punta de plomo a ésta, que pasó a odiar a Apolo. Dafne rezó al dios río Peneo pidiendo ayuda y fue transformada en un árbol de laurel, que se consagró a Apolo.

Cupido no sólo hacía nacer el amor en los demás, sino que también lo experimentó por sí mismo. La historia de amor de Cupido y Psique fue citada por primera vez en la novela latina de Apuleyo titulada “El Asno de Oro”.

Por aquel entonces, en la Tierra vivía una princesa llamada Psique o Alma, de la que Venus estaba celosa por su gran belleza, por lo que pidió a Cupido que la hiciera enamorarse locamente del hombre más feo, vil y despreciable del mundo.

La bella mujer no lograba encontrar marido, pues los hombres que la idolatraban no se sentían dignos de ella. Sus dos hermanas mayores, infinitamente menos seductoras, se habían casado con dos reyes. Psique, la más hermosa, era una joven triste y solitaria, admirada siempre, pero jamás amada.

Su padre intentó hallarle un buen marido a través del oráculo de Delfos, pero éste predijo que ella encontraría el amor en un precipicio. El marido que le sería destinado, una serpiente alada, terrible y poderosa, llegaría hasta ella y la haría su esposa.

Cuando Psique estaba al borde del abismo, Venus envió a su hijo a dispararle sus flechas. Pero Cupido, al verla, se enamoró profundamente y creció hasta convertirse en un apuesto joven. Contra los deseos de su madre, llevó a Psique por arte de magia a un castillo aislado y se casó con ella, con la condición de que, como simple mortal, tenía prohibido mirarlo.

Él la visitaba todas las noches para hacerla feliz, rogándole que no viera su rostro. Al sentirlo cerca y escuchar su voz murmurando dulcemente a su oído, desaparecieron los temores de Psique. Sabía que no era un monstruo, sino el amante que tanto había deseado.

Incitada por sus envidiosas hermanas, que estaban seguras de que su esposo era la horrenda serpiente profetizada por el oráculo, rompió la prohibición impuesta por los dioses y una noche prendió una lámpara para darle un vistazo.

Eso le valió el castigo de ser abandonada por Cupido, quien con tristeza se despidió diciéndole: “El Amor no puede vivir sin confianza”. Expulsada del castillo, la arrepentida princesa recorrió el mundo en busca de su amado, superando una serie de desafíos que le impuso Venus, incluyendo un descenso al inframundo.

Conforme pasó el tiempo, Cupido también deseaba ardientemente encontrar de nuevo a Psique. Aunque Venus lo había encerrado en su casa, escapó por una ventana y se marchó al Olimpo para plantear el caso ante Júpiter.

El padre de los dioses convocó a éstos, quienes al darse cuenta de todo lo Psique luchó, se compadecieron de ella. Júpiter anunció que Cupido y Psique estaban oficialmente casados y propuso hacer inmortal a la esposa, permitiéndole reunirse con su amado. Mercurio elevó a Psique hasta el Cielo y la depositó en el palacio de los dioses. El mismo Júpiter le hizo degustar la ambrosía que le otorgaba la inmortalidad.

Esto, naturalmente, cambiaba la situación. Venus no podía ya censurar a la diosa que había llegado a ser su bella nuera. Se imponía perdonarla y establecer una alianza.

Pensó que a Psique, viviendo en el Cielo con su marido, le faltaría tiempo para bajar a la Tierra, acaparar la atención de los hombres e inmiscuirse en su culto. Aunque su conversión en diosa la hizo objeto de cierta devoción, jamás volvió a rivalizar con Venus.

Todo terminó felizmente. Cupido y Psique, el Amor y el Alma, se buscaron y, tras duras pruebas, se encontraron. De esta unión, que no debe romperse jamás, nació una hija, Voluptas, cuyo nombre significa “Placer”, de donde derivan palabras como voluptuosidad.

Desde entonces, el amor ha sido simbolizado por dos corazones atravesados por una flecha: la flecha de Cupido.

Investigación y Guión: Conti González Báez

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