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Luz Portilla
Luz Portilla
Lic. en Ciencias de la Comunicación Social
Septiembre 3, 2016

Miguel Hidalgo y Costilla
Publicado: Septiembre 3, 2016

Miguel Gregorio Antonio Ignacio Hidalgo y Costilla nació el 8 de mayo de 1753 en la Hacienda de Corralejo, ubicada en Pénjamo, Guanajuato.

Fue hijo de Cristóbal Hidalgo y Costilla, un experto en labores agrícolas y ganaderas que a los 30 años consiguió el puesto de administrador en dicha hacienda, propiedad de una viuda que residía en la Ciudad de México.

Seis años después, llegó Manuel Mateo Gallaga, quien rentó una parte de los terrenos de Corralejo y se instaló en el rancho de San Vicente del Caño con su esposa Águeda, sus cuatro hijas y una sobrina de 17 años.

La sobrina, Ana María Gallaga Mandarte y Villaseñor, había quedado huérfana a los tres años y sus tíos Manuel y Águeda se hicieron cargo de ella. Era una jovencita hermosa, inteligente, culta y de porte distinguido.

Pese a la diferencia de edades, Ana María y Cristóbal se enamoraron, se casaron y tuvieron cinco hijos: José Joaquín, Miguel, Mariano Cesáreo (que murió muy pequeño), José María de la Trinidad y Manuel Mariano.

Cuando Miguel tenía nueve años, su madre murió en su último parto. Un año y medio después, Cristóbal tuvo un hijo fuera de matrimonio con Rita Toribia Peredo, al que bautizó Mariano, en memoria de su hijo fallecido. Miguel fue muy unido con él.

Cristóbal fue el primer maestro de sus hijos y los vecinitos del lugar, ayudado por su esposa Ana María y, tras su muerte, por los tíos de ella.

A los 12 años, Miguel y su hermano José Joaquín entraron el Colegio de San Francisco Javier en Valladolid, hoy Morelia, dirigido por padres jesuitas. Dos años después, en 1767, estos fueron expulsados del territorio nacional.

Los hermanos pasaron tres meses con su tía María Costilla en Tejupilco, cerca de Toluca. Miguel hizo amistad con los indios otomíes de la región y pronto llegó a dominar su lengua.

Regresaron a Valladolid para continuar su instrucción en el Colegio de San Nicolás Obispo. Fueron catalogados como “chinches”, apelativo despectivo que se les asignaba a los principiantes, y tuvieron que sufrir las novatadas impuestas por los alumnos más adelantados.

Miguel, de 14 años, fue cargado por un grupo de estudiantes que lo paseó por los corredores y finalmente remojó su cabeza dentro de un barril lleno de agua en el patio.

Poco a poco, Miguel Hidalgo se ganó el respeto y la amistad de sus compañeros. Por su inteligencia y astucia, fue apodado el Zorro. Era aplicado, destacando por su facilidad para los idiomas. Pronto dominó el latín, griego, italiano y francés, así como la lengua tarasca de la región. También tuvo sus malas notas. Una noche se escapó del colegio saltando por una ventana, motivo de una expulsión temporal.

A los 17 años obtuvo el grado de Bachiller en Artes y una beca para emprender estudios canónicos. Tres años después, en la Ciudad de México, obtuvo el Bachillerato en Teología por la Real y Pontificia Universidad de México. A mediados de 1778, a los 25 años, recibió las órdenes sacerdotales.

Paulatinamente obtuvo puestos importantes en el Colegio de San Nicolás Obispo. Fue secretario, tesorero y catedrático de muchas materias, hasta llegar a ser vicerrector.

Aunque ganó el primer lugar del concurso para exponer el mejor método para estudiar Teología, no pudo obtener el doctorado, porque al estarse preparando murió su padre.

Cristóbal había permanecido viudo 13 años y luego se casó con Jerónima Ramos Ortiz Bracamonte y Origel, con quien tuvo otros cinco hijos. El cura se hizo cargo de María Guadalupe y María Vicenta, de 10 y 7 años, llevándolas a vivir con él.

A los 37 años, Miguel Hidalgo y Costilla fue nombrado rector del Colegio de San Nicolás. Hizo cambios drásticos, como dar a los alumnos un trato más humano, una disciplina menos severa y mejores alimentos, además de fortalecer la enseñanza académica.

La Sra. Francisca Javiera Villegas y Villanueva cedió todos sus bienes al colegio, con la recomendación de “aumentar los salarios al señor rector”. Además, Hidalgo obtuvo por oposición la sacristía de Santa Clara de los Cobres, muy bien remunerada.

Pronto, tuvo varias haciendas. Dedicó sus bienes al servicio de los demás: se preocupó por educar a sus hermanos menores y socorrió a muchos necesitados.

Formó un círculo en el cual dominaban las teorías de la Ilustración europea y se exponían libremente opiniones políticas, sin importar que fueran contra las autoridades. A la par de sus ideas liberales, su conducta dejaba mucho que desear para la iglesia, pues era aficionado al juego de baraja y las mujeres.

Por presiones de los altos jerarcas de la iglesia, Miguel Hidalgo y Costilla fue separado de su cargo como rector del Colegio de San Nicolás y enviado al curato de Colima

Puso a salvo a sus hijos Agustina y Lino Mariano, producto de sus relaciones con Manuela Ramos Pichardo. Dos años después, fue nombrado párroco de San Felipe Torres Mochas, Guanajuato.

Disfrutaba las labores del campo y siempre estaba dispuesto a ayudar a sus feligreses, casi todos indígenas. Estableció talleres de cerámica, carpintería, herrería y curtido de pieles; instaló una fábrica de ladrillos y organizó una orquesta. Todo lo costeó con sus bienes.

Amplió su biblioteca con libros de intelectuales franceses, prohibidos por la iglesia y la corona española. Por sus críticas a la iglesia fue acusado de hereje ante el Santo Oficio, aunque la acusación no prosperó.

Era un hombre muy culto; formó varios grupos literarios y teatrales. Aunque tenía una vocación de servicio, no respetaba algunas reglas del sacerdocio, como el celibato.

En un grupo teatral de San Felipe conoció a Josefa Quintana, con la que tuvo otras dos hijas, Micaela y Josefa. A los 47 años, abandonó el curato para dedicarse a asuntos personales y familiares.

Dos años después, en 1802, murió su hermano José Joaquín, cura de Dolores, Guanajuato. Miguel fue comisionado para suplirlo. Instaló a Josefa y sus hijas en una casa a 50 metros de la suya, todo un escándalo.

Como párroco de Dolores, además de alfabetizar a sus feligreses, promovió actividades productivas que tuvieran valor comercial y ayudaran a elevar el nivel de vida de los habitantes, como el cultivo de la uva y el plantío de moreras para la cría de gusanos de seda. Existen todavía en Dolores 84 árboles plantados por él, conocidos como las moreras de Hidalgo.

En 1809 se formó en Valladolid una sociedad secreta, cuyo fin era reunir un congreso para gobernar la Nueva España en nombre del rey Fernando VII, preso por Napoleón. Si la península sucumbía ante los franceses, debían obtener la independencia del país.

La revuelta comenzaría en Valladolid el 21 de diciembre, pero los conspiradores fueron apresados. La conjuración se refugió en Querétaro, protegida por el corregidor Miguel Domínguez.

En 1810, Hidalgo viajó con Ignacio Allende a Querétaro para conocer el plan. Consistía en propagar la inconformidad con los españoles, rechazar que la Nueva España quedara sometida a los franceses y declarar la independencia en el momento oportuno.

El cura dudó, pero Allende lo convenció de unirse a la causa. Construyó varios cañones y los puso a prueba disparando salvas, con el pretexto de dar mayor solemnidad a las fiestas religiosas.

Como Hidalgo era muy popular, fue invitado por Allende a encabezar el movimiento de independencia. Los conjurados propusieron el 1. ° de diciembre como día del pronunciamiento y al pueblo de San Juan de los Lagos como sitio ideal, aprovechando la visita de 100,000 fieles que asistirían a las festividades de la virgen.

A principios de septiembre, como los peones de varias haciendas estaban ya armados y alertas para lanzarse a la lucha, Hidalgo decidió anticipar el levantamiento para el 2 de octubre.

Sin embargo, la conspiración fue denunciada y los conjurados de Querétaro y Guanajuato apresados. Hidalgo supo vagamente de la denuncia y mandó llamar inmediatamente a Allende; este llegó a Dolores la noche del 14 de septiembre.

Josefa Ortiz, esposa del corregidor Domínguez, mandó un mensajero a San Miguel el Grande, hoy Allende, para dar la noticia de que estaba descubierta la conjura.

El correo llegó al amanecer del día 15 y, no encontrando a Allende, entregó su misiva a Juan Aldama, quien salió apresuradamente, reventando tres caballos en el camino, hasta llegar a Dolores a las dos de la madrugada del día 16.

Aldama y Allende entraron a la recámara de Hidalgo, quien comenzó a vestirse. Entonces dijo: “¡Caballeros, somos perdidos; aquí no hay más recurso que ir a coger gachupines!”

Llamó a su hermano Mariano y a su pariente José Santos; con ellos, Aldama, Allende y diez hombres armados, se dirigió a la cárcel. Amenazaron al alcalde para que pusiera en libertad a los presos y se apoderaron de las espadas de los guardias.

El 16 de septiembre de 1810 a las cinco de la mañana, el cura Miguel Hidalgo y Costilla hizo tocar el esquilón San José de la parroquia de Dolores, llamando a misa.

Desde el pórtico de la iglesia, les explicó a los vecinos que el movimiento tenía por objeto quitar el mando a los españoles que se habían entregado a los franceses y no debían permitirlo.

Allende se encargó de la organización militar y a las once de la mañana ya estaban listos 800 hombres para emprender la marcha. Así comenzó la lucha por la independencia.

Al anochecer llegaron a San Miguel el Grande, que no ofreció resistencia. Hidalgo nombró autoridades y acrecentó los fondos insurgentes, que administraba su hermano Mariano, con recursos tomados del clero y la administración de impuestos.

Allí se les unió el Regimiento de la Reina y en el camino una multitud de campesinos, principalmente indios, armados con instrumentos de labranza. Marchaban en desorden, sin disciplina; los jinetes, también mal armados, montaban en flacos caballos.

No tenían bandera; al pasar por Atotonilco, Hidalgo encontró una imagen de la virgen de Guadalupe, la colgó de una lanza y la convirtió en el estandarte del ejército.

Los insurgentes obtuvieron rápidos y fáciles triunfos. Cuando entraron en Celaya el día 21, el movimiento aún no tenía jefes, por lo que Hidalgo fue nombrado general; Allende, teniente general y Aldama, mariscal.

El obispo de Michoacán, Abad y Queipo, publicó un edicto declarando excomulgados a Hidalgo, Allende, Aldama y Abasolo. El ejército insurgente tomó Salamanca, Irapuato y Silao.

Luego avanzó sobre Guanajuato. Los españoles se refugiaron en la alhóndiga de Granaditas. En una sangrienta lucha, el 28 de septiembre fue tomada la ciudad. Sus defensores fueron acuchillados, incluido el intendente Antonio Riaño, viejo amigo de Hidalgo.

Tras establecer una fundición de cañones y una casa de moneda, el cura fue a Dolores para ceder sus bienes a sus hijas y se dirigió a tomar Valladolid.

El 19 de octubre, publicó el decreto que abolía la esclavitud y mandaba castigar con la pena de muerte y la confiscación de todos sus bienes al infractor.

En Charo se encontró con el cura de Carácuaro, José María Morelos y Pavón. Le expuso los motivos de la lucha y le encomendó movilizar al Sur del país, dando la batalla a los realistas.

Hidalgo fue nombrado generalísimo y el ejército siguió hacia Toluca. El 30 de octubre, obtuvo una formidable victoria en el Monte de las Cruces, derrotando a las fuerzas del coronel Torcuato Trujillo.

Allende quería avanzar a la Ciudad de México, aprovechando el desconcierto en las filas españolas. Hidalgo se opuso, alegando la falta de municiones, las pérdidas sufridas en la batalla y el éxito dudoso de un combate contra la importante guarnición capitalina.

Las tropas insurgentes avanzaron hasta Cuajimalpa y el 2 de noviembre regresaron, sin tomar la capital. La mitad desertó. Cinco días después, fueron atacados y derrotados en el cerro de Aculco, tras lo cual se dispersaron.

Allende regresó a Guanajuato e Hidalgo marchó a Guadalajara, donde organizó el primer gobierno independiente, con dos ministros: Ignacio López Rayón en la secretaría de estado y despacho, y José María Chico en la secretaría de gracia y justicia. Además, derogó los tributos pagados por las castas y las contribuciones de los indígenas.

Cuando los realistas tomaron Guanajuato, Allende huyó a Guadalajara para unirse a las tropas de Hidalgo. Comenzaron a organizar las siguientes batallas, sin ponerse de acuerdo.

El 17 de enero de 1911 se enfrentaron a los realistas al mando del general Félix Calleja en el puente de Calderón. Los insurgentes estuvieron a punto de ganar la batalla, pero la explosión de un carro de municiones facilitó la victoria del enemigo.

La derrota los obligó a replegarse. En Zacatecas, los jefes insurgentes destituyeron a Hidalgo del mando militar, culpándolo del último fracaso. Pero aún ostentaba el liderazgo político, mientras que el militar recayó en Allende.

Después de otras derrotas, cuando iban a Estados Unidos para conseguir fondos y adquirir armas, fueron traicionados por Francisco Ignacio Elizondo, un antiguo insurgente que se había cambiado al bando realista.

Con el pretexto de auxiliarlos, su gente salió a recibir a los insurgentes. Entonces detuvo los carruajes, desarmando y maniatando a sus ocupantes.

Los líderes fueron tomados presos en las norias de Acatita de Baján y conducidos a Chihuahua para ser procesados. Allende, Aldama, Jiménez y Abasolo fueron fusilados el 16 de junio de 1811.

El carácter eclesiástico de Hidalgo hizo que su proceso se alargara. El juez Ángel Abella lo interrogó y el cura confesó que aprehendió europeos, sin más novedad que unos cintarazos dados a José Antonio Larrincia; había levantado al ejército, fabricado moneda, armas y municiones, depuesto autoridades, perseguido a muchos y matado al intendente de Guanajuato, Antonio Riaño.

Sobre el edicto del Santo Tribunal, dijo que tuvo noticias de su excomunión pero no compareció, temeroso de ser castigado. No por herejía, sino por la causa en que estaba empeñado.

Aclaró que no había abusado de la santidad de su ministerio en el transcurso de la insurrección, ya que no había predicado, confesado ni celebrado misa.

Se le acumularon delitos de alta traición, promotor de crímenes y conspirador. Fue obligado a firmar una retractación “por sus errores cometidos contra la persona del rey y contra Dios”. Luego se le condenó a la degradación de su carácter sacerdotal.

En la infame ceremonia, con un cuchillo le rasparon las yemas de los dedos, arrancándole la potestad de sacrificar, consagrar y bendecir. Lo despojaron de sus ornamentos religiosos y le quitaron la sotana, desnudándolo de todo privilegio clerical, por ser indigno de la profesión eclesiástica. Luego, un peluquero hizo desaparecer la tonsura o calvicie en la coronilla, signo real del sacerdocio, por la maldad de su conducta.

El consejo de guerra lo condenó, por traición a la patria, a ser fusilado a las siete de la mañana del 30 de julio de 1811. A los 58 años, Hidalgo se dispuso a morir.

En su último día suplicó que en vez de agua le dieran un vaso de leche y repartió dulces entre los soldados que debían dispararle, alentándolos a cumplir con su oficio y confortándolos con su perdón.

Pidió que no le vendaran los ojos ni le dispararan por la espalda, lo usual al fusilar a los traidores. Como se había ordenado que no dispararan sobre su cabeza, temía padecer mucho. Por lo tanto, puso su mano derecha sobre el corazón y dijo a los soldados que tiraran a ese blanco.

Estalló la descarga de fusiles y una bala traspasó la mano, pero sin herir el corazón. Hubo una segunda detonación y fue necesario el tiro de gracia para acabar con su vida. Después fue decapitado.

Las cabezas de Hidalgo, Allende, Aldama y Jiménez fueron llevadas a Guanajuato, encerradas en jaulas de hierro y colgadas en las cuatro esquinas de la alhóndiga de Granaditas, para escarmiento de sus seguidores. Allí estuvieron once años, hasta la victoria del movimiento independentista en 1821.

El ideal por el que había luchado Miguel Hidalgo y Costilla al fin se había logrado: la patria era libre e independiente. En 1824, sus restos fueron trasladados con honores a la capital y enterrados en la catedral. Actualmente descansan en la Columna de la Independencia.

En honor al Padre de la Patria, el estado de Hidalgo, varias ciudades y muchas avenidas de las poblaciones de México llevan su nombre.

Investigación y Guión: Conti González Báez

 

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