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Luz Portilla
Luz Portilla
Lic. en Ciencias de la Comunicación Social
Mayo 10, 2016

Santiago Ramón y Cajal
Publicado: Mayo 10, 2016

Ramón y Cajal es la máxima figura de la ciencia española contemporánea y sus contribuciones a la Histología del Sistema Nervioso parte fundamental del desarrollo de la ciencia universal. Sus hallazgos son la piedra angular de las ciencias neurológicas.

Santiago Ramón y Cajal nació el 1º. de mayo de 1852 en Petilla de Aragón, un pequeño pueblo de Navarra. Su padre, Justo Ramón Casasús, hijo de un labrador, había conseguido con esfuerzos y privaciones hacerse médico rural. Casado con Antonia Cajal, la familia recorrió varios pueblos del Alto Aragón.

De carácter travieso y tremendamente activo, Santiago mostró desde pequeño aptitud por las artes plásticas. Sus habilidades artísticas y afición por el dibujo preocuparon a Don Justo, temeroso de que los pinceles torcieran el futuro trazado para su hijo, a quien intentaba orientar hacia la medicina, la anatomía y la enseñanza.

El pequeño no demostró interés por los estudios y reprobó algunas materias. Como su conducta tampoco era satisfactoria, su padre lo sacó de la escuela para mandarlo como ayudante a una barbería y aprendiz a un taller de zapatero.

El correctivo rindió sus frutos y Santiago Ramón y Cajal regresó al Instituto de Huesca, convertido en un estudiante dedicado que terminó el bachillerato con brillantez.

La familia se trasladó a Zaragoza, donde Don Justo obtuvo una plaza de médico en la Beneficencia Provincial y fue nombrado Profesor de Disección en la Universidad.

Ramón y Cajal se matriculó en la Facultad de Medicina, siendo un estudiante que cuestionaba las teorías de sus profesores y devoraba novedosos tratados extranjeros. Además tenía tiempo para el deporte, la fotografía y la pintura; su talento para el dibujo fue muy útil en su posterior trabajo científico.

En 1872, consiguió por oposición la plaza de Ayudante de Anatomía y Disección, trabajando con su padre en las disecciones y pintando didácticas acuarelas anatómicas que Don Justo, impresionado, intentó infructuosamente publicar.

Recién acabada la carrera de Medicina, a los 21 años, Ramón y Cajal fue llamado a filas. La primera guerra de Cuba fue un punto culminante de ilusión y también de decepción.

La ilusión lo había empujado a obtener un puesto como médico militar, partiendo como Capitán de Sanidad a Cuba con las tropas coloniales. La decepción llegó junto con el paludismo y la disentería, en perdidos hospitales de campaña.

La experiencia cubana resultó muy dura. Al pisar de nuevo tierra aragonesa, después de haber sido dado de baja en el ejército, el paludismo lo había convertido en una sombra de sí mismo, que sólo los cuidados familiares pudieron revitalizar.

Mientras tanto, trabajosamente se reincorporó a la plaza de Ayudante de Disección en la Facultad de Medicina y comenzó a preparar su Doctorado, primer paso para iniciar la carrera docente.

En la Universidad Complutense de Madrid, los exámenes doctorales le ofrecieron además del título, un descubrimiento inesperado: su vocación científica.

El catedrático Maestre de San Juan le inició en las técnicas de observación microscópica. Impresionado, Ramón y Cajal decidió dedicarse a la investigación histológica, es decir, al estudio de los tejidos orgánicos.

De vuelta en Zaragoza, compró a plazos un microscopio usado, montó en su casa un pequeño laboratorio y se las arregló para surtirse de revistas y libros extranjeros sobre Histología. Su salud se vio nuevamente afectada por otra enfermedad, la tuberculosis.

Silveria Fañanás García se cruzó una mañana en su vida y se quedó con él para siempre. Santiago tenía 27 años y por fin había aprobado las oposiciones para Director del Museo Anatómico de Zaragoza. En julio de 1879, él y Silveria se casaron. Tuvieron cuatro hijas y tres hijos, de los cuales dos murieron en la infancia.

Ramón y Cajal llegó a afirmar que la mitad de su éxito y gloria correspondía a su esposa, quien fue la compañera ideal para el sabio, en la que siempre encontró el apoyo y ánimo necesarios.

Silveria, una mujer sin estudios, explicó en una ocasión: “yo no hice sino cumplir con mi deber, el de disimular a mi compañero el conocimiento de las estrecheces y preocupaciones del hogar modesto, para que se consagrara libre y holgadamente a sus trabajos favoritos. Mi único mérito fue el de haber tenido siempre fe ciega en él”.

Como Catedrático de Anatomía en la Universidad de Valencia, Santiago Ramón y Cajal destacó en la lucha contra la epidemia de cólera que azotó a la ciudad en 1885.

La Diputación Provincial de Zaragoza le regaló, como reconocimiento a su labor, un moderno microscopio Zeiss. Inició sus trabajos histológicos y preparó la publicación del “Manual de Histología”, una de las 243 obras que escribió a lo largo de su vida, ocupando la cátedra de Histología Normal y Patológica en la Universidad de Barcelona.

Sus trabajos de investigación comenzaron a ser reconocidos en 1888, cuando tenía 36 años, durante uno de los congresos celebrados mensualmente por la Sociedad Anatómica de Berlín.

El que presentó fue la descripción de la Teoría Neuronal, donde ponía de manifiesto las leyes rectoras de la morfología y conexiones de las células nerviosas en la materia gris del cerebro.

Inició la publicación de la “Revista Trimestral de Histología Normal y Patológica” y dedicó sus estudios e investigación al sistema nervioso, desarrollando métodos propios para perfeccionar la técnica pionera de pigmentación de tejidos creada por el italiano Camillo Golgi. Gracias a ello, logró demostrar que la neurona es el constituyente fundamental del tejido nervioso.

El traslado a la esfera internacional de su figura llegó tres años después de que el médico ocupara la Cátedra de Histología e Histoquímica Normal y Anatomía Patológica de la Universidad Central de Madrid.

Ese impacto mundial fue en el Congreso de la Sociedad Alemana de Anatomía de 1895 en Berlín, al que Ramón y Cajal acudió pagándose él mismo el viaje, con su microscopio, sus preparaciones y una convicción, narrada a modo de cita: “Cuando un aragonés se decide a tener paciencia, que le echen alemanes”.

A partir de la publicación de su obra fundamental, “Textura del Sistema Nervioso del Hombre y de los Vertebrados”, ilustrándola con sus magníficos dibujos anatómicos, sus ideas fueron difundiéndose, hasta alcanzar el reconocimiento mundial.

Las investigaciones realizadas por Ramón y Cajal para llegar al conocimiento del tejido nervioso impulsaron la Histología y la Neurología modernas. Su contribución resultó fundamental para la comprensión de la estructura del Sistema Nervioso y sentó las bases fundamentales para el estudio de su funcionamiento.

La mayoría de sus ideas siguen teniendo actualidad. Desde que él apareció en escena, el cerebro pasó de consideradose algo estático a un órgano en constante cambio. Entre otras cuestiones, planteó la regeneración neuronal en los tejidos, lo que sirve para estudiar enfermedades neurodegenerativas, como Alzheimer o  Parkinson.

El científico demostró que el sistema nervioso está formado por millones de células nerviosas independientes y no continuas, como se creía desde Galeno hasta entonces.

Además, planteó el hecho de que las células nerviosas están polarizadas, recibiendo y transmitiendo información, el principio básico de las conexiones neuronales.

A partir de 1890, Santiago Ramón y Cajal fue investido con el título de Doctor Honoris Causa de las universidades de Clark, Cambridge, Würzburg, Lovaina, Barcelona, Estrasburgo, Viena, Nueva York, Filadelfia, París, Munich, México, Coimbra, Turín y Santiago de Chile, entre otras.

Fue nombrado miembro honorario de más de 70 sociedades científicas y obtuvo numerosos premios dentro y fuera de España, recibiendo más de 200 condecoraciones de diferentes países, muchos de los cuales visitó impartiendo conferencias.

Como recompensa a sus éxitos científicos, el gobierno español creó, en 1902, el Laboratorio de Investigaciones Biológicas, nombrándolo director del mismo.

Posteriormente llamado en su honor, por Real Decreto, el Instituto Ramón y Cajal fue el germen de investigaciones biológicas que se prolongan hasta la actualidad.

Su trabajo y su aportación a la neurociencia se vieron reconocidos finalmente en 1906, con la concesión del Premio Nobel de Medicina, galardón que compartió con el italiano Camillo Golgi, cuyos métodos perfeccionó durante años.

Golgi dio primero su discurso de aceptación, el cual fue contradicho completamente por el de Ramón y Cajal, quien defendió apasionadamente su tesis de que las neuronas son contiguas y no continuas, es decir, son independientes.

Era la primera vez que un español obtenía un Premio Nobel de carácter científico. España se volcó en homenajes a Santiago Ramón y Cajal, bautizando con su apellido calles, plazas y hasta limonadas y chocolates.

A la sociedad de principios del siglo XX le parecía un milagro y aún hoy llama la atención el notable contraste entre la figura del sabio y la modestia del ambiente científico español de entonces, en el que la obra del histólogo aragonés sería el faro de un nuevo rumbo.

La actividad científica del Dr. Ramón y Cajal no le impidió descubrir el encanto de lo cotidiano, que manifestó en una breve pero interesante producción literaria, que incluye cuentos, anécdotas y obras autobiográficas.

Extremadamente productivo, fue también un destacado fotógrafo. Sus fotografías de España y retratos de amigos están en el museo que lleva su nombre en Madrid.

Hasta el final de sus días, se consagró a sus alumnos. Ellos lo acompañaron en su último adiós, tras publicar su conocida obra “El Mundo Visto a los 80 Años”, con el irónico subtítulo de “Impresiones de un Arterioesclerótico”. Dos años después de que su amada Silveria le dejara para siempre, murió en Madrid el 17 de octubre de 1934, a los 82 años.

Santiago Ramón y Cajal se llamó a sí mismo españolista. Él mismo escribió en sus memorias: “Mi fuerza fue el sentimiento patriótico. Mi ideal, aumentar el caudal de ideas españolas circulantes por el mundo, granjeando respeto y simpatía para nuestra ciencia. No soy en realidad un sabio, sino un español”.

Sin duda, fue uno de los grandes españoles de todos los tiempos. Ante la fama, nunca perdió la sencillez y su imagen perdura como figura popular de la calle y los cafés madrileños, como El Suizo y el Castilla.

El sentir popular español, expresado por un personaje de un sainete del genial Arniches, nos dice, con fina gracia popular, refiriéndose a alguno al que se le atribuye mucho saber, que “sabe tanto como Don Santiago Ramón y Cajal juntos”.

Investigación y Guión: Conti González Báez

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