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Luz Portilla
Luz Portilla
Lic. en Ciencias de la Comunicación Social
Octubre 4, 2014

Sir Arthur C. Clarke
Publicado: Octubre 4, 2014

Arthur C. Clarke es recordado como uno de los grandes escritores de ciencia ficción, así como por sus descubrimientos científicos y su entusiasta difusión de la ciencia.

Fue un ardiente promotor de la idea de que el destino de la humanidad está más allá de los confines de la Tierra. Su trabajo también fue profético, cuando describió detalladamente los satélites de telecomunicaciones en 1945, más de una década antes del primer vuelo de un cohete orbital.

Arthur Charles Clarke nació el 16 de diciembre de 1917 en el pueblo costero de Minehead en Somerset, Inglaterra. Su padre era granjero y su madre telegrafista en la oficina postal. Fue el mayor de los cuatro hijos de la pareja.

Durante su infancia, despertaron su imaginación científica los paseos de exploración por la costa de Somerset, con sus maravillosos estanques naturales en las rocas; una tarjeta de una cajetilla de cigarros que su padre le mostró, con la imagen de un dinosaurio, y un juego de construcción Meccano.

El pequeño pasó mucho tiempo “haciendo un mapa de la Luna”, observándola a través de un telescopio que construyó con un tubo de cartón y un par de lentes.

El evento más formativo fue descubrir, a los 13 años, un ejemplar de la revista de ciencia ficción estadounidense “Astounding Stories of Super-Science” (“Historias Pasmosas de Súper-Ciencia”). Encontró intoxicante su mezcla de aventuras y ciencia.

Entonces murió su padre y, gracias a una beca, pudo terminar la secundaria en Tauton, un pueblo cercano a Minehead. Se unió a la recién formada Sociedad Interplanetaria Británica, un pequeño grupo de entusiastas de la ciencia ficción que mantenían la controversial opinión de que los viajes espaciales eran posibles y serían una realidad en un futuro cercano.

Empezó a colaborar en el boletín de la sociedad y a escribir ciencia ficción. Como no podía pagar una educación universitaria, a los 20 años consiguió trabajo como funcionario público en Londres; se encargaba de revisar pensiones. También comenzó a escribir sus primeros relatos.

La II Guerra Mundial interrumpió la vida del joven Clarke, quien sirvió en la Real Fuerza Aérea como oficial, trabajando con el equipo a cargo del nuevo sistema de radar.

Su experiencia bélica lo inspiró para escribir en 1945 un artículo publicado en la revista británica “Wireless World” (“Mundo sin Cables”), proponiendo la viabilidad de satélites artificiales como estaciones de transmisión para comunicaciones terrestres.

Titulado “Retransmisiones Extraterrestres”, incluía una serie de diagramas y ecuaciones mostrando que estaciones espaciales ubicadas en una órbita a 36,000 km sobre el Ecuador, igualarían el periodo de 24 horas de rotación de la Tierra.

Un satélite permanecería sobre el mismo lugar de la superficie terrestre, como un objetivo fijo hacia el cual transmitir señales, que serían retransmitidas desde el espacio a un territorio más amplio.

El concepto, que combinaba tecnologías de cohetes, comunicaciones inalámbricas y radar, sentó los principios de la comunicación con satélites en órbitas geoestacionarias, que se convirtió en realidad años después. Fue una de las grandes contribuciones de Arthur C. Clarke a la ciencia del siglo XX.

Doce años más tarde, el lanzamiento soviético del Sputnik 1 asombró al mundo y llevó su visión un paso adelante para convertirse en realidad.

Clarke trabajó con científicos e ingenieros estadounidenses en el desarrollo de naves y sistemas de lanzamiento. También habló ante la ONU sobre los Usos Pacíficos del Espacio Exterior.

En abril de 1965, INTELSAT, la nueva organización internacional de telecomunicaciones, colocó exitosamente al satélite Pájaro Madrugador sobre el Océano Atlántico.

La órbita geoestacionaria, a 36,000 km sobre el Ecuador, fue denominada oficialmente Órbita Clarke por la Unión Astronómica Internacional.

Arthur C. Clarke obtuvo numerosos reconocimientos internacionales por su trabajo, pero nunca ganó un centavo. Un abogado lo disuadió de patentar su idea, diciéndole que era demasiado fantasiosa para ser tomada en serio.

No creía que su original visión fuera realizada hasta varias décadas después, pero estaba seguro de que era posible. Reconoció que nada en su artículo, desde la noción de los satélites artificiales hasta las matemáticas de la órbita geoestacionaria, era nuevo.

Su contribución fue aclarar una idea, cuyo tiempo casi había llegado. Y su hazaña fue despertar la conciencia del mundo sobre una posibilidad real.

En 1945 también inició formalmente la carrera de Clarke como escritor de ficción. Vendió una historia corta titulada “Partida de Rescate” a la misma revista que había capturado su imaginación 15 años antes, ahora con un nuevo título: “Astounding Stories of Science Fiction” (“Historias Pasmosas de Ciencia Ficción”).

Tras dejar la Real Fuerza Aérea, obtuvo una beca militar en el King’s College de Londres y retomó sus estudios. En 1948 se graduó con honores en Física y Matemáticas.

Continuó con su afición por la astronomía y presidió la Sociedad Interplanetaria Británica, mientras seguía escribiendo y vendiendo historias. Fue editor asistente en una revista sobre física, pero decidió que podía mantenerse como escritor y renunció.

El éxito llegó con “La Exploración del Espacio”, seleccionado como “Libro del Mes” en Estados Unidos. Durante las siguiente dos décadas continuó escribiendo obras de divulgación científica, así como sus novelas más conocidas.

Destaca “El Fin de la Infancia”, donde una raza de alienígenas impone la paz en la Tierra, dividida por las tensiones de la Guerra Fría. La misión de los extraterrestres es preparar a la humanidad para el siguiente estado de su evolución. Es una novela inquietante, sobre las tendencias autodestructivas de los humanos.

En su obra de divulgación científica “Perfiles del Futuro”, publicada en 1962, aparecen sus famosas y provocativas observaciones sobre la ciencia, la ciencia ficción y la sociedad, conocidas como las Tres Leyes de Clarke:

  1. Cuando un anciano y distinguido científico afirma que algo es posible, probablemente está en lo correcto. Cuando afirma que algo es imposible, probablemente está equivocado.
  2. La única manera de descubrir los límites de lo posible es aventurarse hacia lo imposible.
  3. Cualquier tecnología lo suficientemente avanzada es indistinguible de la magia.

En 1951, Arthur C. Clarke publicó el cuento “El Centinela”, sobre un artefacto extraterrestre encontrado en la Luna, que los exploradores terrestres destruyen al tratar de abrirlo.

Los humanos se dan cuenta de que transmitía una señal que han interrumpido, avisando así de su existencia a los lejanos creadores del artefacto.

En 1964, el director de cine Stanley Kubrick se reunió con el escritor en Nueva York. Le propuso hacer una película de ciencia ficción basada en “El Centinela”.

Durante cuatro años de colaboración escribieron el guión cinematográfico de la película producida y dirigida por Kubrick, “2001: Odisea del Espacio”, que Clarke convirtió en novela.

En 1968, ambos fueron nominados al Óscar. La película, calificada hasta hoy como la mejor de ciencia ficción, sólo obtuvo el Óscar por Mejores Efectos Visuales Especiales.

Justo a tiempo para el alunizaje del Apolo 11 el 20 de julio de 1969, INTELSAT finalizó los lanzamientos para colocar satélites sobre cada una de las regiones oceánicas previstas por Clarke 24 años antes.

Mientras los satélites transmitían la histórica hazaña de Neil Armstrong y su “gran salto para la humanidad”, Clarke comentó los pormenores de la misión junto al famoso periodista Walter Cronkite.

Más adelante colaboró en otros programas televisivos sobre el espacio y en 1981 fue anfitrión de la serie británica “El Misterioso Mundo de Arthur C. Clarke”, todo un éxito.

“Qué inapropiado resulta llamar a este planeta Tierra, cuando está claro que es Océano”, escribió Clarke. Desde niño amó el mar, pero se interesó por primera vez en el buceo a principios de los 50. Se dio cuenta de que la sensación bajo el agua era muy parecida a la experiencia de la falta de gravedad en el espacio exterior.

A los 46 años conoció a Marilyn Mayfield, una estadounidense de 22 años, divorciada, con un hijo pequeño y entusiasta del buceo. Casi de inmediato se casaron, pero después de seis meses se separaron definitivamente, sin tener hijos.

Al año siguiente, Clarke visitó Colombo, la capital de Ceilán, hoy Sri Lanka. Viendo la oportunidad de sumergirse en el océano todo el año, decidió quedarse a vivir permanentemente en ese país, realizando incontables exploraciones submarinas en sus costas.

Estableció una escuela de buceo con un socio y describió vívidamente sus experiencias submarinas en varios libros, como “La Costa de Coral”.

A los 55 años sufrió un ataque de poliomielitis, del cual se recuperó. Volvió a bucear y a practicar otro de sus deportes favoritos, el tenis de mesa. En su paradisiaca residencia, continuó escribiendo.

Una de sus novelas más reconocidas es “Encuentro con Rama”, que cuenta el descubrimiento de una nave extraterrestre en nuestro Sistema Solar, cuyos secretos intenta descifrar un grupo de exploradores humanos.

El libro ganó los prestigiados premios Hugo y Nébula; es considerado un clásico de la ciencia ficción. Más tarde, Clarke escribió tres secuelas en colaboración con Gentry Lee.

En 1975, Arthur C. Clarke fue el primer extranjero en Sri Lanka que recibió el estatus de “Huésped Residente”. Posteriormente adquirió la nacionalidad de su país adoptivo, aunque conservó la británica.

Una de sus relaciones más cercanas fue con Leslie Ekanayake, un compañero buzo que murió en un accidente de motocicleta en 1977. Hubo especulaciones sobre si era su pareja, pero Clarke siempre negó ser gay.

Después compartió su hogar con Héctor, hermano de su amigo Leslie y también su socio en la escuela de buceo, su esposa Valerie y las tres hijas de la pareja. Para el escritor, fue su familia adoptiva.

Sri Lanka inspiró la locación de su novela “Las Fuentes del Paraíso”, en la que describe un elevador espacial. Clarke afirmaba que, algún día, los elevadores espaciales harán obsoletos a los transbordadores y otros vehículos impulsados por cohetes.

En 1984, a los 77 años, el escritor desarrolló el Síndrome Post-Polio, una condición caracterizada por debilidad muscular y fatiga extrema. Aunque tuvo que pasar gran parte de sus últimos años en una silla de ruedas, su producción literaria siguió como siempre.

Continuó la historia de “2001” con las secuelas “2010: Odisea Dos”, “2061: Odisea Tres” y “3001: La Odisea Final”. La primera fue llevada al cine con el título de “2010: El Año que Hacemos Contacto”. Dirigida por Peter Hyams, no tuvo el mismo impacto que la película de Kubrick.

Clarke pudo trabajar con Hyams gracias a una computadora personal y un módem, algo novedoso a principios de los 80. Estaba fascinado con el medio que le permitía comunicarse de Colombo a Los Ángeles, en otro continente.

En 1998, su trabajo de toda una vida fue reconocido por la Reina Isabel II, quien lo nombró Caballero. El título fue formalmente conferido dos años después en Sri Lanka por el Príncipe Carlos.

Sir Arthur sobrevivió al devastador tsunami de 2004 en el Océano Índico, que destruyó su escuela de buceo. Ésta fue reconstruida poco después.

El 16 de diciembre de 2007 cumplió 90 años y grabó un mensaje en video para sus amigos y admiradores. Se despidió de todos y pidió tres deseos: conocer la evidencia de vida extraterrestre, la adopción de fuentes limpias de energía que sustituyan al petróleo y el final de la guerra civil en Sri Lanka.

Tras una breve enfermedad, Sir Arthur Charles Clarke murió el 19 de marzo de 2008 en el Hospital Apollo de Colombo, debido a complicaciones respiratorias.

Pocos días antes revisó el manuscrito final de su postrera novela de ciencia ficción, “El Último Teorema”, escrita en colaboración con Frederik Pohl.

Pidió ser enterrado en la cripta familiar de los Ekanayake, en el Cementerio de Colombo. También dejó instrucciones para que su funeral fuera estrictamente laico, sin ritos religiosos de ninguna clase, relativos a ninguna fe. No podía perdonar a las religiones por las atrocidades cometidas a través de los siglos.

En una breve ceremonia con la música de “2001: Odisea del Espacio”, fue despedido por la familia Ekanayake y su hermano Fred, quien viajó a Sri Lanka desde Inglaterra. También le sobrevivió su hermana Mary; el menor, Michael, murió antes.

De todos los personajes en las historias de Clarke, HAL, la famosa computadora de “2001”, es probablemente el más “humano”. La relación del escritor con las máquinas era ambivalente. Por ejemplo, aunque de joven sacó su licencia de manejo, nunca quiso conducir un automóvil.

Sin embargo, desde su lejano hogar permanecía en contacto con el resto del mundo a través de toda una colección de computadoras y accesorios de comunicación que era constantemente actualizada, ya que los fabricantes se preocupaban por mandarle sus últimos inventos, orgullosos de que el legendario personaje los utilizara.

Su influencia en las actitudes del público hacia el espacio fue reconocida por los astronautas estadounidenses y cosmonautas rusos, muchos de los cuales viajaron a Sri Lanka para conocerlo.

También era respetado por colegas escritores como Isaac Asimov, científicos como el astrónomo Carl Sagan y grandes productores de cine y televisión.

Gene Roddenberry, creador de “Viaje a las Estrellas”, declaró que sus escritos le dieron el coraje necesario para continuar con su proyecto televisivo, enfrentando la indiferencia de los ejecutivos de las televisoras, quienes pensaban que era ridículo.

Clarke gozaba de su fama. Una habitación de su casa, a la que llamaba la Cámara del Ego, estaba llena con premios, reconocimientos, fotografías y recuerdos de su carrera, incluyendo fotos de él con Yuri Gagarin, el primer hombre en el espacio, y Neil Armstrong, el primer hombre en la Luna.

Estaba orgulloso de que varios astronautas decidieron serlo leyendo sus libros. Con una prolífica carrera como escritor, explorador submarino, promotor del espacio y divulgador de la ciencia, deseaba ser recordado como alguien que supo entretener a sus lectores y expandir su imaginación… Y así recordamos a Sir Arthur C. Clarke.

Investigación y Guión: Conti González Báez

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