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Luz Portilla
Luz Portilla
Lic. en Ciencias de la Comunicación Social
Diciembre 17, 2016

Vida y obra de Sir Arthur Conan Doyle
Publicado: Diciembre 17, 2016

Arthur Conan Doyle nació el 22 de mayo de 1859 en Edimburgo, Escocia. Fue el segundo hijo de Charles Altamont Doyle y Mary Foley. Tomó el apellido Conan de su tío abuelo, Michael Conan, quien intervino en gran parte de su educación.

Su padre era dibujante y pintor, pero también alcohólico crónico. Debido a sus excesos y comportamiento errático, la familia tenía poco dinero.

Su madre era una mujer muy culta, educada en Francia, apasionada por los libros y gran narradora. Su influencia fue decisiva para el pequeño Arthur; con las historias que le contaba olvidaba las dificultades diarias.

Cuando cumplió nueve años, los miembros ricos de la familia Doyle ofrecieron pagar sus estudios. El niño lloró todo el camino rumbo a Inglaterra, donde estuvo interno en una escuela jesuita.

Detestaba la disciplina y se rebeló ante el castigo corporal, común en las escuelas inglesas de la época. En esos difíciles años, sus únicos momentos de felicidad eran cuando escribía a su  madre o practicaba deportes, principalmente críquet, en el que destacó.

En el internado, se dio cuenta que tenía talento como narrador. Los estudiantes más jóvenes escuchaban absortos las asombrosas historias que inventaba para entretenerlos.

Al graduarse a los 17 años, era un joven con gran sentido del humor y había dejado atrás cualquier sentimiento de autocompasión. Estaba listo para enfrentar al mundo y compensar la negligencia paterna. No podía fallarle a su madre, que había sido tan espléndida.

Su primera tarea al regresar de la escuela fue triste: firmar los papeles para encerrar en una institución mental a su padre, quien para entonces ya padecía una seria demencia.

Pese a la tradición artística familiar, Arthur Conan Doyle decidió estudiar Medicina. Influyó el Dr. Bryan Charles Waller, un inquilino que su madre había tomado para ayudarse económicamente.

En la Universidad de Edimburgo, el profesor que más impresionó a Conan Doyle fue el Dr. Joseph Bell. Era un maestro en la observación, lógica, deducción y diagnosis, cualidades características del futuro Sherlock Holmes.

Mientras estudiaba, el joven escribió dos relatos para revistas locales. Se dio cuenta que podía ganar dinero escribiendo. Tenía 20 años y estaba en el tercer año de sus estudios médicos cuando la aventura tocó a su puerta.

Le ofrecieron el puesto de cirujano a bordo del barco ballenero Hope, que partiría al Círculo Polar Ártico. Aceptó, con la ilusión de ganar 50 libras para su madre.

La primera noche se ganó el respeto de los rudos hombres de mar, pues el despensero lo trató con insolencia y el joven médico le propinó una paliza, lo que le permitió viajar en paz.

En las costas de Groenlandia, la tripulación procedió a cazar focas. Conan Doyle se espantó por la brutalidad de la cacería, pero disfrutó con la camaradería a bordo y le fascinó la caza de una ballena. El viaje lo hizo madurar y descubrir su espíritu vagabundo.

Sin mucho entusiasmo, retomó sus estudios en 1880 y un año después obtuvo su título de médico y cirujano. Dibujó una caricatura de sí mismo recibiendo su diploma, que decía “Licencia para Matar”.

El primer empleo del Dr. Conan Doyle fue como oficial médico en el buque de vapor Mayumba, que navegaba entre Liverpool y la costa Oeste de África. Encontró este continente tan detestable como había encontrado seductor el Ártico y renunció en cuanto pudo.

Poco después se mudó a Portsmouth y abrió su primer consultorio. Rentó una casa, pero solo pudo amueblar las dos habitaciones que podían ver sus pacientes; el resto estaba vacío.

Fue difícil iniciar su práctica, pero como era compasivo y trabajaba duro, después del tercer año comenzó a obtener un ingreso confortable.

Durante los siguientes años, dividía su tiempo intentando ser un buen médico y un autor reconocido. En agosto de 1885, a los 26 años, se casó con una joven dulce y afable, Louisa Hawkins.

Al año siguiente, comenzó a escribir la novela que lo catapultó a la fama, Estudio en Escarlata, presentando al detective Sherlock Holmes y a su inseparable amigo el Dr. John Watson.

Holmes resuelve los más difíciles misterios a través de métodos deductivos, gracias a sus cualidades de observación y psicología. De carácter frío, no permite que los sentimientos nublen su juicio.

Es un erudito, diestro en boxeo, esgrima y violín, pero adicto a la cocaína y la morfina; sumamente arrogante, desdeña a las personas menos inteligentes que él.

Su casa en la calle Baker es visitada por policías de Scotland Yard que no pueden resolver ciertos casos, así como por personas de distintas clases sociales, desde familias reinantes en Europa hasta quienes que no pueden pagar por sus servicios. Holmes no es impulsado por el dinero, sino por el reto de resolver misterios.

Watson es un médico militar retirado, inseparable compañero de aventuras, mejor amigo y biógrafo de Holmes. Comparten la misma casa, hasta que el doctor se muda para casarse, pero siguen frecuentándose.

Sherlock Holmes fue un éxito en 1888, pero Conan Doyle prefería su siguiente obra, la novela histórica Micah Clark, por la cual esperaba ser reconocido como un autor serio.

Su tercera novela, El Misterio de Clomber, es una confusa historia sobre la vida después de la vida de tres vengativos monjes budistas. Ilustra la escisión en la personalidad del escritor. Aunque era capaz de escribir brillantemente acerca de deducción y lógica pura, estaba fascinado por lo paranormal y el espiritismo.

En 1889, Arthur Conan Doyle era mejor conocido en Estados Unidos que en Inglaterra. El editor estadounidense Joseph Marshall Stoddart llegó a Londres y lo invitó a cenar al elegante Hotel Langham, mencionado en varias aventuras de Holmes.

Invitó también al escritor Oscar Wilde, ya muy famoso. Oscar era un elegante dandy y Arthur más bien tosco, pero se llevaron de maravilla y fue una velada inolvidable.

Lippincott’s comisionó a Conan Doyle escribir una novela corta, publicada en Inglaterra y Estados Unidos al año siguiente. El Signo de los Cuatro permitió establecer a Sherlock Holmes y Arthur Conan Doyle en la historia de la literatura.

A pesar de su éxito literario, floreciente práctica médica, una vida familiar armoniosa y feliz con el nacimiento de su hija Mary Louise, el escritor estaba inquieto.

Dejó Portsmouth para ir a Viena, Austria, a especializarse en Oftalmología. El desconocimiento del idioma convirtió el viaje en un fiasco. Conan Doyle regresó y abrió un consultorio en un barrio elegante de Londres, pero ningún paciente cruzó jamás su puerta.

Tuvo tiempo para pensar y decidió escribir una serie de historias cortas, con los personajes de Sherlock Holmes. Su representante Watt hizo el trato con la revista The Strand para publicarlas.

La imagen del detective fue creada por el ilustrador Sidney Paget, que tomó a su guapísimo hermano Walter como modelo. Esta colaboración se mantuvo durante varias décadas y les dio fama mundial al autor, al artista y a la revista.

El éxito le permitió a Conan Doyle vivir cómodamente, adquirir una casa y ayudar a su familia. Su madre y hermana se instalaron en una pequeña casa de campo, su padre quedó internado en un sanatorio, dos de sus hermanos se mudaron con él y el menor entró a la Academia Militar.

A los 31 años, el escritor sufrió un virulento ataque de influenza, que lo tuvo al borde de la muerte durante varios días. Cuando se alivió, pensó que era tonto combinar una carrera médica con una literaria. Decidió dedicarse exclusivamente a escribir.

A partir de entonces, siempre estaba de buen humor. Cuando sus admiradores le pedían un autógrafo, firmaba como “Dr. John Watson.”

Al año siguiente nació su segundo hijo, Kingsley. Poco después, el prolífico pero impulsivo autor decidió deshacerse de Sherlock Holmes. Durante un viaje a Suiza, encontró el lugar donde llegaría a su fin.

En El Problema Final, publicado en 1893, el héroe y su enemigo el Profesor Moriarty se precipitan en las cataratas Reichenbach y mueren.

20,000 lectores cancelaron su suscripción a la revista The Strand y una multitud de jóvenes británicos colocó crespones de luto en sus sombreros.

Liberado de un personaje ficticio que le hacía sombra a lo que consideraba su trabajo más refinado, Conan Doyle se sumergió en una intensa actividad.

Su frenesí le impidió notar el deterioro en la salud de su esposa. Cuando finalmente se dio cuenta de lo enferma que estaba, fue diagnosticada con tuberculosis.

Aunque le dieron solo meses de vida, las atenciones de su confundido esposo la mantuvieron viva durante 13 años. Escribir incesantemente, cuidar a Louisa como su paciente y la pérdida de su padre perturbaron profundamente a Conan Doyle.

Tras la muerte de Charles Altamont Doyle, expuso sus dibujos y pinturas en Londres. Había sido la gran ilusión de su padre y nunca lo logró; fue un acto de solidaridad, amor y justicia.

Deprimido, se interesó por “la vida más allá del velo”. Había sido atraído desde antes por el espiritismo, pero su ingreso a la Sociedad para la Investigación Psíquica fue una declaración pública de su creencia en lo oculto.

En septiembre de 1894 se embarcó rumbo a Nueva York con su hermano menor Innes, para dar conferencias en más de 30 ciudades de Estados Unidos. La gira fue un éxito y el escritor hizo muchas amistades.

Regresó a Inglaterra a tiempo para la Navidad y la publicación en The Strand de la primera historia de la serie del Brigadier Gerard, que tuvo buena aceptación.

Dos años después viajó con su esposa Louisa a Egipto durante el invierno, esperando que el clima cálido le hiciera bien. Allí nació otra novela, La Tragedia del Korosko.

Se cree que Conan Doyle, un hombre con altos estándares morales, permaneció célibe durante los largos años de enfermedad de Louisa, pero no pudo evitar enamorarse de Jean Leckie.

Él tenía 37 años y ella 24. Sumamente hermosa, con pelo rubio oscuro y ojos verdes, era una intelectual, buena deportista y mezzosoprano entrenada, logros inusuales en su tiempo.

En esa época, escribió una obra de teatro sobre Sherlock Holmes. No para darle nueva vida, sino para apuntalar su cuenta del banco. Tras una exitosa gira en Estados Unidos, se estrenó en el Teatro Lyceum de Londres. Los críticos británicos la destrozaron, pero prevaleció la vox populi y la puesta en escena fue un éxito.

Cuando comenzó la Guerra Bóer en Sudáfrica, Conan Doyle horrorizó a su familia diciendo que sería voluntario. Con bastante sobrepeso a los 40 años, no fue apto para enlistarse.

Como médico voluntario, se embarcó a África. En lugar de enfrentarse a las balas, tuvo que pelear una fiera batalla contra los microbios.

Vio morir a más soldados de fiebre tifoidea que por heridas de guerra. Su crónica La Gran Guerra de los Bóers fue una pieza maestra sobre el conflicto y el ejército británico.

Exhausto y decepcionado, el escritor optó por la política. Fue candidato a diputado en su natal Escocia, perdió y regresó a Inglaterra.

Durante una estancia en los páramos de Devonshire, ideó una novela basada en una leyenda del folclore local sobre un inhóspito señorío, un convicto fugitivo y un sabueso sepulcral. Necesitaba un héroe y se dio cuenta que ya lo tenía: Sherlock Holmes.

En vez de resucitarlo, escribió la historia como una aventura previa. La revista The Strand publicó el primer episodio de El Sabueso de los Baskerville en 1901. La novela se convirtió en una sensación mundial.

Un año después, el rey Eduardo VII nombró caballero a Arthur Conan Doyle por los servicios prestados durante la Guerra Bóer. Se dijo que el monarca, ávido seguidor de Sherlock Holmes, lo hizo para animarlo a escribir nuevas historias.

Cientos de miles de sus súbditos estuvieron felices cuando en 1903 The Strand comenzó a publicar la serie La Casa Vacía o El Regreso de Sherlock Holmes, donde el escritor explica ingeniosamente cómo se había salvado de la muerte el astuto detective.

Escribiendo, cuidando a Louisa y viendo discretamente a Jean Leckie, jugando golf, manejando veloces autos, volando en primitivos y peligrosos aeroplanos o globos de aire caliente y dedicando tiempo al ejercicio, Sir Arthur se mantenía activo, pero aún deseaba estar en el servicio público. Contendió en otra elección, que también perdió.

Louisa murió en sus brazos el 4 de julio de 1906 y el escritor cayó en una depresión que duró muchos meses. Para olvidar su sufrimiento intentó ayudar a alguien en peor condición que la suya.

Entró en contacto con la policía de Scotland Yard para señalar varios casos de injusticia y defender a convictos inocentes. Su labor sirvió para que el sistema judicial británico permitiera las apelaciones en casos criminales.

Tras nueve años de cortejo clandestino, se casó con Jean Leckie ante 250 invitados, el 18 de septiembre de 1907. Con los dos hijos de su primera esposa Louisa, se mudaron a una hermosa casa en Sussex, aunque conservando un pequeño piso en Londres.

Sir Arthur estaba tan contento de compartir las actividades de su esposa, que su producción literaria disminuyó. Adaptó varias de sus novelas al teatro, sin éxito.

Para reponer sus pérdidas financieras, escribió otra obra con Sherlock Holmes, que obtuvo elogiosas críticas y le permitió ganar mucho dinero.

Los nacimientos de sus hijos Denis, Adrian y Jean le impidieron concentrarse en la ficción, hasta que creó a un nuevo héroe, el Profesor Challenger.

El Mundo Perdido describe una expedición a una aislada meseta en Sudamérica donde criaturas prehistóricas, incluyendo dinosaurios, continúan viviendo. Tuvo un éxito inmediato y fue seguida por cuatro novelas más sobre las aventuras de Challenger.

En mayo de 1914, Sir Arthur y Lady Conan Doyle zarparon rumbo a Nueva York, ciudad que el escritor encontró muy cambiada desde su primera visita 20 años antes y a Canadá, país que les encantó.

Estaba convencido de que se acercaba una guerra con Alemania y había enviado artículos a los periódicos para organizar preparativos militares, muchos años antes de la I Guerra Mundial.

Al estallar el conflicto, a sus 55 años intentó enlistarse otra vez. Fue rechazado y tuvo que conformarse con organizar un batallón civil de voluntarios.

Cuando la Armada Británica perdió más de mil vidas en un día, sugirió a la Oficina de Guerra proveer a los marinos con cinturones inflables de caucho y botes salvavidas inflables, entre otras ideas. Los oficiales del gobierno lo encontraban irritante, excepto Winston Churchill, quien le escribió para agradecerle sus ideas.

A fines de 1914 publicó Su Último Tiro de Arco, una historia bélica en la que Sherlock Holmes se infiltra en el círculo de espías alemanes y La Campaña Británica en Francia y Flandes, en homenaje a los valientes soldados. La guerra fue cruel: perdió a su hijo Kingsley, su hermano, dos cuñados y dos sobrinos.

Después de una vida tan constructiva, Conan Doyle se refugió en el mundo del espiritismo. Muchos han soñado en la comunicación con los muertos y la existencia de hadas; él quería convertir los sueños en verdad.

Compulsivo, lo hizo con la misma energía de todos sus proyectos. La prensa se burló y el clero lo desaprobó, pero nada lo detuvo. Su esposa Jean compartió sus creencias con pasión, o quizá por pasión. Llegó incluso a desarrollar el cuestionable talento de “escritura en trance”, con otros médiums que rodeaban a Sir Arthur.

Sus viajes a América, Australia y África, con su esposa y tres hijos pequeños, fueron cruzadas psíquicas, no siempre bien recibidas. Gastó un cuarto de millón de libras en la búsqueda de sus sueños esotéricos y se enfrentó con la necesidad de ganar dinero.

El Profesor Challenger reapareció en El País de la Niebla, novela de aventuras sobrenaturales. Sus últimas doce historias fueron compiladas en El Libro de Casos de Sherlock Holmes.

En el otoño de 1929 fue diagnosticado con angina de pecho, pero partió a otra gira psíquica por Holanda, Dinamarca, Suecia y Noruega. Estaba tan enfermo a su regreso, que tuvo que ser cargado a tierra. A partir de entonces permaneció en cama.

Murió el lunes 7 de julio de 1930 en su casa de Sussex, rodeado por su familia. Tenía 71 años. Sus últimas palabras antes de partir “a la más grande y gloriosa aventura de todas” fueron para su querida Jean: “Eres maravillosa”.

La esposa de Sir Arthur Conan Doyle expresó en un breve epitafio la clave de la vida de ese gran hombre: “Temple de acero, rectitud de espada”.

 

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